La voz de la calle.

Durante la historia de la humanidad ha habido múltiples momentos en los que el protagonismo ha sido exclusividad del vulgo, de la gente humilde, de los que se ganaban el pan de cada día con el sudor de sus frentes… y no a la sombra de dudosos privilegios adquiridos con cualquier tipo de poder o posición social. Sin embargo, nunca como hasta ahora el pueblo ha tenido tantas razones para sentirse estafado pues, en un periodo no tan lejano, nos hicieron creer que había nacido la solución a todos los problemas, que todos éramos iguales, que cualquiera tenía acceso a las puertas de sus sueños…, en cambio, con el paso de los años, nos hemos dado cuenta de que esas palabras tan rimbombantes iban perdiendo poco a poco su esperanzador contenido. Y lo triste es que todavía existe mucha gente que no sabe apreciar el valor de su libertad y la malvende por unas siglas que no dicen nada, por unos ideales que son rotos, en primer lugar, por aquellos que los postulan y acabamos como siempre, pisoteados por la caridad de quienes quieren limpiar su conciencia y humillados por aquellos a quienes vemos como superiores y les regalamos el poder.

Pero si en algo destaca la época que nos ha tocado vivir, es que la calle, a pesar de quienes se autoproclaman veladores de nuestra moral y nuestro futuro, es de la gente, de los modestos, de los que sufren penalidades para que otros puedan mantener sus caras formas de vida. Y luego dicen que el canibalismo no existe… ¿Acaso no se alimentan a costa de los de su misma especie?…

Y hoy me siento un poco más indignado, ya no sólo por los que actualmente no tienen nada y se les sigue acusando de una crisis que sólo quienes tienen acceso a la caja común han provocado, sino, especialmente, por todas esas generaciones que no podrán disfrutar de lo que yo tuve, aquello por lo que lucharon mis abuelos y trabajaron mis padres: la dignidad.

Por ello he buscado unas pocas canciones, menos que en otras ocasiones, pues a buen entendedor pocas palabras bastan, para definir esto que pretendo decir… y como sé que tal vez los únicos que no las entiendan sean los de las escuelas de pago, y las mayores quejas lleguen de los patriotas que ahorran en alguna isla perdida del Caribe, quiero comenzar con una letra sencilla, surgida de la imaginación criolla de un mundo exuberante que ha sabido poner música a sus propias tragedias.

“La calle” es una canción producto de una colaboración entre el dominicano Juan Luis Guerra y el colombiano Juanes que apareció el 2 de septiembre de 2010 en el undécimo álbum de Juan Luis, titulado: “A son de Guerra”, toda una declaración de intenciones:

“Tú me dijiste que la mañana 
se compraba con un beso
y que la guerra estaba en venta
y que la paz tenía su precio,
que la política se viste
de oro, plata y lino fino
y lo que sale de la boca
paga impuesto en el oído,
que cada día es más angosto el camino.

¡Ay! que la calle está dura,
que la calle está dura.
¡Ay! que el que no corre vuela,
que el que no corre vuela.
¡Ay! que la luna se aleja,
que la luna se aleja.
¡Ay! me pregunto y medito,
¿cuál es la raíz cuadrada de mi mismo?

Tú me dijiste que la mentira
usaba lentes de contacto
y que un zapato de Valentino
se autoproclamó barato.
Que un arancel se enamoró
de un tributario en zona franca.
Que la anestesia se fue a Londres
a un congreso de turismo.
Que cada día trae su afán y te explico.

¡Ay! que la calle está dura,
que la calle está dura.
¡Ay! que el que no corre vuela,
que el que no corre vuela.
¡Ay! que la luna se aleja,
que la luna se aleja.
¡Ay! me pregunto y medito,
¿cuál es la raíz cuadrada de mi mismo ?

Y que no hay favoritismos con el café:
el que primero cuela es el que va a beber.
Que Tchaikovsky era ruso y Debussy francés.
Cuando el río suena es que agua trae lo sé.
Que los clubes son trincheras de la societé.
Donde caben siete caben veintitrés.
Que la noche pinta buena para Star Trek.
¡Hey! ¡Man, no te juegues con eso.

!Ay! Que la calle está dura,
que la calle está dura.
¡Ay! que el que no corre vuela,
que el que no corre vuela.
¡Ay! que la luna se aleja,
que la luna se aleja.
¡Ay! me pregunto y medito,
¿cuál es la raíz cuadrada de mi mismo?

La calle está dura, es cierto, pera tal vez sea más cruel el regreso a casa con los bolsillos vacíos y el orgullo pisoteado porque solo eres un medio de producción, algo con lo que sacar beneficios… “Y cuando ves a tus hijos yéndose a la cama con el estómago vacío y el futuro hecho pedazos… te entran ganas de salir a la calle para cargarte a alguien.” Eso me dijo hace poco uno de mis mejores amigos, un tío que “prometía”, pero que el sistema devoró… Tal vez algún día lo haga y yo no me sentiré con fuerzas morales para culparle…

Pero lo malo es que esto simplemente nos crea un poso de tristeza, un sedimento de desolación, un residuo de melancolía… como nos dejó, magistralmente escrita, la letra de Joaquín Sabina:

Como quien viaja a lomos de una yegua sombría,
por la ciudad camino, no preguntéis adónde.
Busco acaso un encuentro que me ilumine el día,
y no hallo más que puertas que niegan lo que esconden.

Las chimeneas vierten su vómito de humo
a un cielo cada vez más lejano y más alto.
Por las paredes ocres se desparrama el zumo
de una fruta de sangre crecida en el asfalto.

Ya el campo estará verde, debe ser Primavera,
cruza por mi mirada un tren interminable,
el barrio donde habito no es ninguna pradera,
desolado paisaje de antenas y de cables.

Vivo en el número siete, calle Melancolía.
Quiero mudarme hace años al barrio de la alegría.
Pero siempre que lo intento ha salido ya el tranvía
y en la escalera me siento a silbar mi melodía.

Como quien viaja a bordo de un barco enloquecido,
que viene de la noche y va a ninguna parte,
así mis pies descienden la cuesta del olvido,
fatigados de tanto andar sin encontrarte.

Luego, de vuelta a casa, enciendo un cigarrillo,
ordeno mis papeles, resuelvo un crucigrama;
me enfado con las sombras que pueblan los pasillos
y me abrazo a la ausencia que dejas en mi cama.

Trepo por tu recuerdo como una enredadera
que no encuentra ventanas donde agarrarse, soy
esa absurda epidemia que sufren las aceras,
si quieres encontrarme, ya sabes dónde estoy.

Una multitud de seres sin esperanza caminan por las aceras de las ciudades atestadas de humanas frustraciones… Y lo malo es que de aquí sacarán provecho los demonios de la socialización, aquellos que se hacen llamar líderes del pueblo y sólo son populistas porque, como siempre han hecho los paladines de la religión, y sus paladinos, los demagogos: “haz lo que digo, pero no lo que hago.”

“Calle melancolía” apareció por primera vez en el álbum “Malas compañías” que el cantautor español Joaquín Sabina publicó en 1980.

Y un claro ejemplo de ciudad fantasma puede ser la mismísima capital del reino, este reino de pandereta tan alejado de un cuento de hadas, es decir, “pongamos que hablo de Madrid”, tema que también pertenecía al mismo álbum que la canción anterior, y es que era época de reivindicar, de exigir y de soñar con algo hipotético, si nos atenemos a la historia, pues el mal de nuestro país está en la tierra y no en el tallo:

Allá donde se cruzan los caminos, 
donde el mar no se puede concebir,
donde regresa siempre el fugitivo,
pongamos que hablo de Madrid.

Donde el deseo viaja en ascensores,
un agujero queda para mí,
que me dejo la vida en sus rincones,
pongamos que hablo de Madrid.

Las niñas ya no quieren ser princesas,
y a los niños les da por perseguir
el mar dentro de un vaso de ginebra,
pongamos que hablo de Madrid.

Los pájaros visitan al psiquiatra,
las estrellas se olvidan de salir,
la muerte viaja en ambulancias blancas,
pongamos que hablo de Madrid.

El sol es una estufa de butano,
la vida un metro a punto de partir,
hay una jeringuilla en el lavabo,
pongamos que hablo de Madrid.

Cuando la muerte venga a visitarme,
que me lleven al sur donde nací,
aquí no queda sitio para nadie,
pongamos que hablo de Madrid

Cuando una generación joven busca consuelo donde no existe y necesita sucedáneos para poder soñar, alguna enfermedad grave afecta a esa sociedad. Hay algo mucho más cruel que la esclavitud: ser una máquina cuyo esfuerzo simplemente se valora de acuerdo con los beneficios, porque todo lo que sobra de ella son charcos de grasa sobre los que resbala el futuro… Y cuando lo importante simplemente son los rendimientos del capital y la disminución de “la prima de riesgo” que únicamente interesa a quienes saben de especulación, a quienes juegan al Monopoly con las vidas baratas, a quienes hacen fortuna invirtiendo en el hambre:

A esta hora exactamente hay un niño en la calle, 
hay un niño en la calle.
Es honra de los hombres proteger lo que crece,
cuidar que no haya infancia dispersa por las calles,
evitar que naufrague su corazón de barco,
su increíble aventura de pan y chocolate.
Poniéndole una estrella en el sitio del hambre,
de otro modo es inútil, de otro modo es absurdo,
ensayar en la tierra la alegría y el canto
porque de nada vale si hay un niño en la calle.
Todo lo toxico de mi país a mi me entra por la nariz,
lavo autos, limpio zapatos,
huelo a pega y también huelo a paco,
robo billeteras pero soy buena gente, soy una sonrisa sin diente-
Lluvia sin techo, uña con tierra,
soy lo que sobró de la guerra.
Un estomago vacío, soy un golpe en la rodilla que se cura con el frío,
el mejor guía turístico del Arrabal,
por tres pesos te paseo por la capital.
No necesito visa pa' volar por el redondel,
porque yo juego con aviones de papel.
Arroz con piedra, fango con vino-
y lo que me falta me lo imagino.
No debe andar el mundo con el amor descalzo,
enarbolando un diario, como un ala en la mano,
trepándose a los trenes, canjeándonos las risas,
golpeándonos el pecho con un ala cansada.
No debe andar la vida recién nacida presa-
la niñez [...]
Porque entonces las manos son inútiles fardos,
y el corazón apenas una mala palabra.
Cuando cae la noche duermo despierto,
un ojo cerrado y el otro abierto,
por si los tigres me cupen un balazo,
mi vida es como un circo pero sin payaso.
Voy caminando por la sanja,
haciendo malabares con cinco naranjas,
pidiendo plata a todos los que pueda
en una bicicleta de una sola rueda,
soy oxigeno para este continente,
soy lo que descuidó el presidente.
No te asustes si tengo mal aliento,
o si me vez sin camisa con las tetillas al viento-
yo soy un elemento más del paisaje,
los recibos de la calle son mi camuflaje,
como algo que existe, que parece de mentira
algo sin vida- pero que respira.
Pobre del que ha olvidado que hay un niño en la calle,
que hay millones de niños que viven en la calle,
y multitud de niños que crecen en la calle-
yo los veo apretando su corazón pequeño.
Mirándonos a todos con fabula en los ojos,
un relámpago trunco les cruza la mirada,
porque nadie protege a esa vida que crece,
y el amor se ha perdido
en un niño en la calle.
Oye, a esta hora exactamente hay un niño en la calle.

Pero, a pesar de todo, creo en la especie humana, porque de ella ha surgido la música, la poesía, la pintura… porque de ella han emergido seres que dieron, y dan, su tiempo, que es mayor tesoro, por los demás sin esperar nada a cambio, porque de ella emergió el mito del amor, el mito de la verdad, el mito de la razón, el mito de la luz, el mito de Dios… Y, como dijo León Gieco, con las voces de Ana Belén y el malogrado Antonio Flores, “sólo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente” para no ser igual que esa generación maldita cuyo dios es el dinero y cuyo horizonte es el poder, ante ellos, estoy convencida de lo que digo, nosotros somos mejores:

Sólo le pido a Dios
Que el dolor no me sea indiferente,
Que la reseca muerte no me encuentre
Vacío y solo sin haber hecho lo suficiente.

Sólo le pido a Dios
Que lo injusto no me sea indiferente,
Que no me abofeteen la otra mejilla
Después que una garra me arañó esta suerte.

Sólo le pido a Dios
Que la guerra no me sea indiferente,
Es un monstruo grande y pisa fuerte
Toda la pobre inocencia de la gente.

Sólo le pido a Dios
Que el engaño no me sea indiferente
Si un traidor puede más que unos cuantos,
Que esos cuantos no lo olviden fácilmente.

Sólo le pido a Dios
Que el futuro no me sea indiferente,
Desahuciado está el que tiene que marchar
A vivir una cultura diferente.

Y recordad que, aún a costa de lo que digan, a pesar de lo que intenten, por encima de lo que obliguen, la calle es de quien camina por ella y la libertad es patrimonio de todos, porque la verdad no tiene rostro ni definición y nadie, absolutamente nadie, puede poseerla por mucho dinero que tenga…

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