Gabriela Mistral: ternura, empatía y respeto.

En un rincón del Valle de Elqui, donde las montañas ocultan secretos al viento y los ríos susurran bajo el sol chileno, nació Lucila Godoy Alcayaga en 1889. Era una niña de ojos profundos, como si desde pequeña ya llevara el peso de las palabras que el mundo aún no conocía. En su hogar humilde de Vicuña, entre la pobreza y la ternura de una madre que le enseñó a amar las letras, Lucila creció tejiendo sueños con los hilos de la naturaleza y la soledad.

No fue un camino fácil. La vida, como un poema inacabado, le presentó versos de dolor temprano. Su padre, un maestro que cantaba coplas, abandonó a la familia cuando Lucila era apenas una niña. Pero en esa ausencia, ella encontró su voz. Aprendió a leer con voracidad, devorando libros que llegaban como tesoros a su pequeño mundo. A los 15 años, ya era maestra, no porque tuviera un título formal, sino porque su alma ardía por enseñar. En las escuelas rurales, entre niños descalzos y pizarras gastadas, Lucila comenzó a ser Gabriela Mistral, un nombre que tomó como un escudo poético, algunas voces románticas dicen que inspirado en el viento y en el arcángel, aunque en realidad fuera una síntesis simbólica de dos poetas que admiraba: el italiano Gabriele D’Annunzio y el provenzal Frédéric Mistral.

El amor, como un relámpago, marcó su vida. Juan Miguel Godoy, Romelio, fue su primer gran amor, pero también su primera herida. Cuando él se quitó la vida en 1909, Gabriela canalizó su duelo en versos que sangraban. Así nació Sonetos de la muerte, poemas que le dieron el reconocimiento en los Juegos Florales de 1914, pero que ella siempre llevó como un lamento íntimo. Su corazón, sin embargo, no se cerró. Años después, el amor volvió en otras formas, menos tormentosas, pero igual de profundas, como su relación con Doris Dana, su compañera en los últimos años.

Gabriela no solo escribió poesía; ella fue poesía. Viajó por el mundo, desde México hasta Europa, llevando su voz como diplomática y educadora. En cada lugar, dejó huellas de su compromiso con los humildes, los niños, las mujeres. Su pluma hablaba de justicia, de la tierra, de la maternidad que ella nunca tuvo en carne propia, pero que abrazó en cada verso dedicado a los pequeños. En 1945, el mundo reconoció su grandeza: fue la primera latinoamericana en recibir el Premio Nobel de Literatura, no solo por su poesía, sino por su espíritu que unía continentes con palabras.

Sin embargo, Gabriela nunca olvidó su origen. Aunque vivió en Italia, Francia o Estados Unidos, su corazón seguía en el Valle de Elqui, en los cerros polvorientos y los cielos estrellados de Chile. Su vida fue un constante equilibrar entre la fama y la humildad, entre el amor y la pérdida, entre la lucha por un mundo mejor y la melancolía de quien ve demasiado.

El pensamiento de Gabriela Mistral unió el magisterio, la poesía y la defensa de la justicia social. Como educadora, trabajó en la reforma educativa mexicana impulsada por José Vasconcelos, ayudando a crear escuelas y programas de alfabetización rural. Para ella, la enseñanza no era mera transmisión de conocimiento, sino una práctica espiritual: “enseñar es una forma de amor”. Su visión pedagógica influyó en varias generaciones de maestros latinoamericanos, siempre vinculando la educación con la libertad y la dignidad del individuo.

En su poesía, Mistral abordó temas universales: la maternidad, el amor, la pérdida, la soledad, la infancia y la comunión con la naturaleza. Su primer gran libro, “Desolación” (1922), es un canto de dolor y fe que abrió nuevos caminos en la lírica hispanoamericana. Le siguieron “Ternura” (1924), con versos destinados a los niños; “Tala” (1938), impregnado de conciencia social y universalista; y “Lagar” (1954), su obra más íntima y grave, donde el sufrimiento individual se funde con la compasión por la humanidad.

Entre sus poemas más conocidos destaca “Piececitos”, una muestra de su sensibilidad hacia la niñez pobre:

Piececitos de niño,
azulosos de frío,
¡cómo os ven y no os cubren,
Dios mío!

¡Piececitos heridos
por los guijarros todos,
ultrajados de nieves
y lodos!

El hombre ciego ignora
que por donde pasáis,
una flor de luz viva
dejáis;

que allí donde ponéis
la plantita sangrante,
el nardo nace más
fragante.

Sed, puesto que marcháis
por los caminos rectos,
heroicos como sois
perfectos.

Piececitos de niño,
dos joyitas sufrientes,
¡cómo pasan sin veros
las gentes!

En esos versos, Mistral eleva la inocencia y el dolor infantil a una categoría sagrada, denunciando la indiferencia social. Del mismo modo, en “Yo no tengo soledad” expresa la idea de que el amor maternal vence toda desolación:

Es la noche desamparo
de las sierras hasta el mar.
Pero yo, la que te mece,
¡yo no tengo soledad!

Es el cielo desamparo
si la Luna cae al mar.
Pero yo, la que te estrecha,
¡yo no tengo soledad!

Es el mundo desamparo
y la carne triste va.
Pero yo, la que te oprime,
¡yo no tengo soledad!

Sus poemas de amor, como “El amor que calla”, muestran una espiritualidad contenida y pasional a la vez:

Si yo te odiara, mi odio te daría
en las palabras, rotundo y seguro;
pero te amo y mi amor no se confía
a este hablar de los hombres, tan oscuro.

Tú lo quisieras vuelto en alarido,
y viene de tan hondo que ha deshecho
su quemante raudal, desfallecido,
antes de la garganta, antes del pecho.

Estoy lo mismo que estanque colmado
y te parezco un surtidor inerte.
¡Todo por mi callar atribulado
que es más atroz que el entrar en la muerte!

También en “Yo canto lo que tú amabas” resuena su inconfundible tono de fidelidad amorosa y trascendencia:

Yo canto lo que tú amabas, vida mía,
por si te acercas y escuchas, vida mía,
por si te acuerdas del mundo que viviste,
al atardecer yo canto, sombra mía.

Yo no quiero enmudecer, vida mía.
¿Cómo sin mi grito fiel me hallarías?
¿Cuál señal, cuál me declara, vida mía?

Soy la misma que fue tuya, vida mía.
Ni lenta ni trascordada ni perdida.
Acude al anochecer, vida mía;
ven recordando un canto, vida mía,
si la canción reconoces de aprendida
y si mi nombre recuerdas todavía.

Te espero sin plazo ni tiempo.
No temas noche, neblina ni aguacero.
Acude con sendero o sin sendero.
Llámame a donde tú eres, alma mía,
y marcha recto hacia mí, compañero.

Cada uno de estos poemas revela su constante diálogo entre lo humano y lo divino, entre la vida concreta y la eternidad. Para Mistral, la poesía era una forma de consuelo y redención, una manera de reconciliar el dolor con la fe.

Durante su vida diplomática —en México, España, Portugal, Italia, Brasil y Estados Unidos— defendió el papel de la cultura en la paz y la cooperación internacional. Como ya he mencionado, en 1951 recibió el Premio Nacional de Literatura de Chile, y hasta su muerte en Nueva York, en 1957, se mantuvo como una figura moral y poética de referencia para el mundo hispano.

Gabriela Mistral no solo escribió poemas; escribió un legado. Sus palabras, como las montañas de su infancia, siguen de pie, recordándonos que el amor, el dolor y la lucha pueden transformarse en algo eterno. Gabriela Mistral vive hoy más allá de sus versos: en la voz de cada maestro, en cada palabra que educa desde la ternura, y en cada canto que nace del dolor y busca la esperanza. Su legado, hecho de amor y justicia, sigue siendo uno de los pilares más firmes de la poesía universal.

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