Alejandra Pizarnik: las palabras no hacen el amor

A LA ESPERA DE LA OSCURIDAD

Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.

Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.

Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos

Si te das un paseo por la calle Güemes de Avellaneda, podrás ver un monumento en honor de una mujer que a los 36 años se dejó llevar por el sopor de cincuenta unidades de Seconal, un fin de semana de septiembre de 1972, aprovechando un permiso del psiquiátrico Pirovano de Buenos Aires. Este era su tercer intento de suicidio… Me refiero a Alejandra Pizarnik, una de las grandes representantes de la poesía surrealista iberoamericana.

Hija de dos joyeros inmigrantes ruso-judíos (Elías Pizarnik, cuyo apellido real era Pozharnik, pero un error en el registro de inmigración se lo cambió para siempre, y Rejzla Brimiker, quien se hizo llamar Rosa),  nació y creció en el barrio bonaerense de Avellaneda un 29 de abril de 1936 con el nombre de Flora y desde su infancia siempre estuvo obsesionada con su apariencia física: problemas de acné, tendencia a engordar, asma, tartamudeo…, que le causó más de una depresión y una baja autoestima, comparándose constantemente con su hermana mayor Myriam, lo que la hundía todavía más. Todo ello le llevó al consumo de anfetaminas buscando la sensación de euforia y la seguridad de la que carecía, lo cual le condujo a una fuerte adicción y a un trastorno de la personalidad.

LA ENAMORADA 

esta lúgubre manía de vivir 
esta recóndita humorada de vivir 
te arrastra Alejandra no lo niegues. 

hoy te miraste en el espejo 
y te fue triste estabas sola 
la luz rugía el aire cantaba 
pero tu amado no volvió 

enviarás mensajes sonreirás 
tremolarás tus manos así volverá 
tu amado tan amado 

oyes la demente sirena que lo robó 
el barco con barbas de espuma 
donde murieron las risas 
recuerdas el último abrazo 
oh nada de angustias 
ríe en el pañuelo llora a carcajadas 
pero cierra las puertas de tu rostro 
para que no digan luego 
que aquella mujer enamorada fuiste tú 

te remuerden los días 
te culpan las noches 
te duele la vida tanto tanto 
desesperada ¿adónde vas? 
desesperada ¡nada más! 

No destacó como una estudiante muy constante ni aprovechada, pues sus intentos en literatura, periodismo y filosofía en la Universidad de Buenos Aires fueron abandonados sin concluir, igual que sus clases de pintura con el artista Juan Batlle Planas. Sin embargo, era una lectora incansable de donde sacó gran parte de su bagaje cultural y su técnica como poetisa y su afición por el inconsciente y el psicoanálisis.

Sus tendencias estéticas se alimentaron de los simbolistas franceses como Rimbaud o Mallarmé, evolucionando hacia un romanticismo surrealista. Escritora de enorme sensibilidad, le inquietaban diversos temas como la infancia, el dolor, la soledad y la muerte. Sin embargo, jamás se dejó atraer demasiado por lo social y mucho menos por la política, hacia la que sentía una sincera antipatía, tal vez producto del recuerdo de los aniquilamientos fascista y estalinistas de todos aquellos seres humanos que pudieron ser su familia. Así pues, Pizarnik desarrolló sus versos en lo cotidiano, intentando desentrañar sus realidades y sus misterios, creando de esta forma un verdadero repertorio vital y vivido.

SALVACIÓN

Se fuga la isla 
Y la muchacha vuelve a escalar el viento 
y a descubrir la muerte del pájaro profeta 
Ahora 
es el fuego sometido 
Ahora 
es la carne 
la hoja 
la piedra 
perdidos en la fuente del tormento 
como el navegante en el horror de la civilización 
que purifica la caída de la noche 
Ahora 
la muchacha halla la máscara del infinito 
y rompe el muro de la poesía.

Antes de su viaje a Europa, Pizarnik escribió tres poemarios: “La tierra más ajena” (1955), “La última inocencia” (1956), libro que dedicó a Oscar Ostrov, su psicoanalista, y “Las aventuras perdidas” (1958). Luego marchó a París y estudió Literatura francesa e Historia de la religión en la Sorbona, mientras trabajaba como traductora y escribía en la revista “Cuadernos”. Allí conoció a Julio Cortázar, Rosa Chacel y Octavio Paz, a quien le dedicó su cuarto libro, “Árbol de Diana” (1962). De vuelta a Argentina publicó sus tres obras más reconocidas: “Los trabajos y las noches” (1965), “Extracción de la piedra de la locura” (1968) y “El infierno musical” (1971).  Entre tanto recibió dos becas que le permitieron viajar a Nueva York para estudiar, la Guggenheim y la Fullbright. Su único libro en prosa, aparte de “Diarios”, fue “La condesa sangrienta”, escrito en 1965.

La obra de Pizarnik es un constante diálogo de equívocos, repleto de contradicciones y sentimientos encontrados donde la poesía y la biografía se confunden. Todo en su obra converge en dos puntos: el ensimismamiento y la muerte, el primero subyace en su visión surrealista, casi freudiana de la realidad, una visión llena del simbolismo de la cotidianidad repescada del subconsciente. De la segunda, la mejor definición la da ella misma en sus Diarios a propósito de su libro “El trabajo y las noches”: “La muerte es allí demasiado real, si así puedo decir; no el problema de la muerte sino la muerte como presencia. Cada poema ha sido escrito desde una total abolición (o mejor: desaparición) del mundo con sus ríos, con sus calles, con sus gentes. Esto no significa que los poemas sean buenos”.

LA JAULA 

Afuera hay sol. 
No es más que un sol 
pero los hombres lo miran 
y después cantan. 

Yo no sé del sol. 
Yo sé la melodía del ángel 
y el sermón caliente 
del último viento. 
Sé gritar hasta el alba 
cuando la muerte se posa desnuda 
en mi sombra. 

Yo lloro debajo de mi nombre. 
Yo agito pañuelos en la noche y barcos sedientos de realidad 
bailan conmigo. 
Yo ocultos clavos 
para escarnecer a mis sueños enfermos. 

Afuera hay sol. 
Yo me visto de cenizas.

Lo curioso es que en la actualidad Pizarnik sigue teniendo una parte desconocida, oscura… sus “Diarios”, editados en 2002, no están completos, y la mayoría de sus manuscritos y ensayos se ocultan en una caja fuerte de la Universidad de Princeton. La causa es la mojigatería todavía muy común entre la sociedad intelectual predominante, pues estos escritos son, según ellos, muy transgresores, pornográficos, donde se constata la frustración vital de la poetisa que le llevaría al suicidio, porque Pizarnik sufrió una sexualidad reprimida que le hizo ser una de las precursoras de la literatura gay.

En sus propias palabras

Entrevista de Martha Isabel Moia, publicada en El deseo de la palabra, Ocnos, Barcelona, 1972.

M.I.M. – Hay, en tus poemas, términos que considero emblemáticos y que contribuyen a conformar tus poemas como dominios solitarios e ilícitos como las pasiones de la infancia, como el poema, como el amor, como la muerte. ¿Coincidís conmigo en que términos como jardín, bosque, palabra, silencio, errancia, viento, desgarradura y noche, son, a la vez, signos y emblemas?

A.P. – Creo que en mis poemas hay palabras que reitero sin cesar, sin tregua, sin piedad: las de la infancia, las de los miedos, las de la muerte, las de la noche de los cuerpos. O, más exactamente, los términos que designas en tu pregunta serían signos y emblemas.

LEJANÍA

Mi ser henchido de barcos blancos.
Mi ser reventando sentires.
Toda yo bajo las reminiscencias de tus ojos.
Quiero destruir la picazón de tus pestañas.
Quiero rehuir la inquietud de tus labios.
Porqué tu visión fantasmagórica redondea los cálices de estas horas? 

M.I.M. – Empecemos por entrar, pues, en los espacios más gratos: el jardín y el bosque.

A.P. – Una de las frases que más me obsesiona la dice la pequeña Alice en el país de las maravillas: – «Sólo vine a ver el jardín». Para Alice y para mí, el jardín sería el lugar de la cita o, dicho con las palabras de Mircea Eliade, el centro del mundo. Lo cual me sugiere esta frase: El jardín es verde en el cerebro. Frase mía que me conduce a otra siguiente de Georges Bachelard, que espero recordar fielmente: El jardín del recuerdo- sueño, perdido en un más allá del pasado verdadero.

M.I.M. – En cuanto a tu bosque, se aparece como sinónimo de silencio. Mas yo siento otros significados. Por ejemplo, tu bosque podría ser una alusión a lo prohibido, a lo oculto.

A.P. – ¿Por qué no? Pero también sugeriría la infancia, el cuerpo, la noche.

NOCHE 

correr no sé donde
aquí o allá
singulares recodos desnudos
basta correr!
trenzas sujetan mi anochecer
de caspa y agua colonia
rosa quemada fósforo de cera
creación sincera en surco capilar
la noche desanuda su bagaje
de blancos y negros
tirar detener su devenir 

M.I.M. – ¿Entraste alguna vez en el jardín?

A.P. – Proust, al analizar los deseos, dice que los deseos no quieren analizarse sino satisfacerse, esto es: no quiero hablar del jardín, quiero verlo. Claro es que lo que digo no deja de ser pueril, pues en esta vida nunca hacemos lo que queremos. Lo cual es un motivo más para querer ver el jardín, aun si es imposible, sobre todo si es imposible.

REVELACIONES

En la noche a tu lado
las palabras son claves, son llaves.
el deseo de morir es rey.

Que tu cuerpo sea siempre
un amado espacio de revelaciones.

M.I.M. – Mientras contestabas a mi pregunta, tu voz en mi memoria me dijo desde un poema tuyo: mi oficio es conjurar y exorcizar.

A.P. – Entre otras cosas, escribo para que no suceda lo que temo; para que lo que me hiere no sea; para alejar al Malo. Se ha dicho que el poeta es el gran terapeuta. En este sentido, el quehacer poético implicaría exorcizar, conjurar y, además, reparar. Escribir un poema es reparar la herida fundamental, la desgarradura. Porque todos estamos heridos.

M.I.M. – Entre las variadas metáforas con las que configuras esta herida fundamental recuerdo, por la impresión que me causó, la que en un poema temprano te hace preguntar por la bestia caída de pasmo que se arrastra por mi sangre. Y creo, casi con certeza, que el viento es uno de los principales autores de la herida, ya que a veces se aparece en tus escritos como el gran lastimador.

A.P. – Tengo amor por el viento aun si, precisamente, mi imaginación suele darle formas y colores feroces. Embestida por el viento, voy por el bosque, me alejo en busca del jardín.

M.I.M. – ¿En la noche?

A.P. – Poco sé de la noche, pero a ella me uno. Lo dije en un poema: Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por palabra yo escribo la noche.

SALVACIÓN

Se fuga la isla. 
Y la muchacha vuelve a escalar el viento 
y a descubrir la muerte del pájaro profeta. 
Ahora 
es la carne 
la hoja 
la piedra 
perdidas en la fuente del tormento 
como el navegante en el horror de la civilización 
que purifica la caída de la noche. 
Ahora 
la muchacha halla la máscara del infinito 
y rompe el muro de la poesía. 

M.I.M. – En un poema de adolescencia también te unís al silencio.

A.P. – El silencio: única tentación y la más alta promesa. Pero siento que el inagotable murmullo nunca cesa de manar (Que bien sé yo do mana la fuente del lenguaje errante). Por eso me atrevo a decir que no sé si el silencio existe.

M.I.M. – En una suerte de contrapunto con tu yo que se une a la noche y aquel que se une al silencio, veo a «la extranjera»; «la silenciosa en el desierto»; «la pequeña viajera»; «mi emigrante de sí»; la que «quería entrar en el teclado para entrar adentro de la música para tener una patria». Son estas, tus otras voces, las que hablan de tu vocación de errancia, la para mí tu verdadera vocación, dicho a tu manera.

A.P. – Pienso en una frase de Trakl: Es el hombre un extraño en la tierra. Creo que, de todos, el poeta es el más extranjero. Creo que la única morada posible para el poeta es la palabra.

M.I.M. – Hay un miedo tuyo que pone en peligro esa morada: el no saber nombrar lo que no existe. Es entonces cuando te ocultas del lenguaje.

A.P. – Con una ambigüedad que quiero aclarar: me oculto del lenguaje dentro del lenguaje. Cuando algo – incluso la nada tiene un nombre, parece menos hostil. Sin embargo, existe en mí una sospecha de que lo esencial es indecible.

M.I.M. – ¿Es por esto que buscas figuras que se aparecen vivientes por obra de un lenguaje activo que las aluden?

A.P. – Siento que los signos, las palabras, insinúan, hacen alusión. Este modo complejo de sentir el lenguaje me induce a creer que el lenguaje no puede expresar la realidad; que solamente podemos hablar de lo obvio. De allí mis deseos de hacer poemas terriblemente exactos a pesar de mi surrealismo innato y de trabajar con elementos de las sombras interiores. Es esto lo que ha caracterizado a mis poemas.

LA ÚLTIMA INOCENCIA

Partir 
en cuerpo y alma 
partir. 

Partir 
deshacerse de las miradas 
piedras opresoras 
que duermen en la garganta. 

He de partir 
no más inercia bajo el sol 
no más sangre anonadada 
no más fila para morir. 

He de partir 

Pero arremete ¡viajera! 

M.I.M. – Sin embargo, ahora ya no buscas esa exactitud.

A.P. – Es cierto; busco que el poema se escriba como quiera escribirse. Pero prefiero no hablar del ahora porque aún está poco escrito.

M.I.M. – ¡A pesar de lo mucho que escribís!

A.P. – …

M.I.M. – El no saber nombrar se relaciona con la preocupación por encontrar alguna frase enteramente tuya. Tu libro Los trabajos y las noches es una respuesta significativa, ya que en él son tus voces las que hablan.A.P. – Trabajé arduamente en esos poemas y debo decir que al configurarlos me configuré yo, y cambié. Tenía dentro de mí un ideal de poema y logré realizarlo. Sé que no me parezco a nadie (esto es una fatalidad). Ese libro me dio la felicidad de encontrar la libertad en la escritura. Fui libre, fui dueña de hacerme una forma como yo quería.

EL DESPERTAR

a León Ostrov 

Señor 
La jaula se ha vuelto pájaro 
y se ha volado 
y mi corazón está loco 
porque aúlla a la muerte 
y sonríe detrás del viento 
a mis delirios 

Qué haré con el miedo 
Qué haré con el miedo 

Ya no baila la luz en mi sonrisa 
ni las estaciones queman palomas en mis ideas 
Mis manos se han desnudado 
y se han ido donde la muerte 
enseña a vivir a los muertos 

Señor 
El aire me castiga el ser 
Detrás del aire hay monstruos 
que beben de mi sangre 

Es el desastre 
Es la hora del vacío no vacío 
Es el instante de poner cerrojo a los labios 
oír a los condenados gritar 
contemplar a cada uno de mis nombres 
ahorcados en la nada. 

Señor 
Tengo veinte años 
También mis ojos tienen veinte años 
y sin embargo no dicen nada 

Señor 
He consumado mi vida en un instante 
La última inocencia estalló 
Ahora es nunca o jamás 
o simplemente fue 

¿Còmo no me suicido frente a un espejo 
y desaparezco para reaparecer en el mar 
donde un gran barco me esperaría 
con las luces encendidas? 

¿Cómo no me extraigo las venas 
y hago con ellas una escala 
para huir al otro lado de la noche? 

El principio ha dado a luz el final 
Todo continuará igual 
Las sonrisas gastadas 
El interés interesado 
Las preguntas de piedra en piedra 
Las gesticulaciones que remedan amor 
Todo continuará igual 

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo 
porque aún no les enseñaron 
que ya es demasiado tarde 

Señor 
Arroja los féretros de mi sangre 

Recuerdo mi niñez 
cuando yo era una anciana 
Las flores morían en mis manos 
porque la danza salvaje de la alegría 
les destruía el corazón 

Recuerdo las negras mañanas de sol 
cuando era niña 
es decir ayer 
es decir hace siglos 

Señor 
La jaula se ha vuelto pájaro 
y ha devorado mis esperanzas 

Señor 
La jaula se ha vuelto pájaro 
Qué haré con el miedo 

M.I.M. – Con estos miedos coexiste el de las palabras que regresan. ¿Cuáles son?

A.P. – Es la memoria. Me sucede asistir al cortejo de las palabras que se precipitan, y me siento espectadora inerte e inerme.

M.I.M. – Vislumbro que el espejo, la otra orilla, la zona prohibida y su olvido, disponen en tu obra el miedo de ser dos, que escapa a los límites del döppelganger para incluir a todas las que fuiste.

A.P. – Decís bien, es el miedo a todas las que en mí contienden. Hay un poema de Michaux que dice: Je suis; je parle á qui je fus et qui- je- fus me parlent. ( … ) On n’est pas seul dans sa peau.

M.I.M. – ¿Se manifiesta en algún momento especial?

A.P. – Cuando «la hija de mi voz» me traiciona.

EXILIO 

a Raúl Gustavo Aguirre 

Esta manía de saberme ángel, 
sin edad, 
sin muerte en qué vivirme, 
sin piedad por mi nombre 
ni por mis huesos que lloran vagando. 

¿Y quién no tiene un amor? 
¿Y quién no goza entre amapolas? 
¿Y quién no posee un fuego, una muerte, 
un miedo, algo horrible, 
aunque fuere con plumas 
aunque fuere con sonrisas? 

Siniestro delirio amar una sombra. 
La sombra no muere. 
Y mi amor 
sólo abraza a lo que fluye 
como lava del infierno: 
una logia callada, 
fantasmas en dulce erección, 
sacerdotes de espuma, 
y sobre todo ángeles, 
ángeles bellos como cuchillos 
que se elevan en la noche 
y devastan la esperanza. 

M.I.M. – Según un poema tuyo, tu amor más hermoso fue el amor por los espejos. ¿A quién ves en ellos?

A.P. – A la otra que soy. (En verdad, tengo cierto miedo de los espejos.) En algunas ocasiones nos reunimos. Casi siempre sucede cuando escribo.

PEREGRINAJE 

a Elizabeth Azcona Cranwell 

Llamé, llamé como la náufraga dichosa 
a las olas verdugas 
que conocen el verdadero nombre 
de la muerte. 

He llamado al viento, 
le confié mi ser. 

Pero un pájaro muerto 
vuela hacia la desesperanza 
en medio de la música 
cuando brujas y flores 
cortan la mano de la bruma. 
Un pájaro muerto llamado azul. 

No es la soledad con alas, 
es el silencio de la prisionera, 
es la mudez de pájaros y viento, 
es el mundo enojado con mi risa 
o los guardianes del infierno 
rompiendo mis cartas. 

He llamado, he llamado. 
He llamado hacia nunca. 

M.I.M. – Una noche en el circo recobraste un lenguaje perdido en el momento que los jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles negros. ¿Qué es ese algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón de los cascos contra las arenas?

A.P. – Es el lenguaje no encontrado y que me gustaría encontrar.

CENIZAS

La noche se astilló de estrellas 
mirándome alucinada 
el aire arroja odio 
embellecido su rostro 
con música. 

Pronto nos iremos 

Arcano sueño 
antepasado de mi sonrisa 
el mundo está demacrado 
y hay candado pero no llaves 
y hay pavor pero no lágrimas. 

¿Qué haré conmigo? 

Porque a Ti te debo lo que soy 

Pero no tengo mañana 

Porque a Ti te... 

La noche sufre. 

M.I.M. – ¿Acaso lo encontraste en la pintura?

A.P. – Me gusta pintar porque en la pintura encuentro la oportunidad de aludir en silencio a las imágenes de las sombras interiores. Además, me atrae la falta de mitomanía del lenguaje de la pintura. Trabajar con las palabras o, más específicamente, buscar mis palabras, implica una tensión que no existe al pintar.

ANILLOS DE CENIZA

a Cristina Campo

Son mis voces cantando 
para que no canten ellos, 
los amordazados grismente en el alba, 
los vestidos de pájaro desolado en la lluvia. 

Hay, en la espera, 
un rumor a lila rompiéndose. 
Y hay, cuando viene el día, 
una partición de sol en pequeños soles negros. 
Y cuando es de noche, siempre, 
una tribu de palabras mutiladas 
busca asilo en mi garganta 
para que no canten ellos, 
los funestos, los dueños del silencio. 

M.I.M. – ¿Cuál es la razón de tu preferencia por «la gitana dormida» de Rousseau?

A.P. – Es el equivalente del lenguaje de los caballos en el circo. Yo quisiera llegar a escribir algo semejante a «la gitana» del Aduanero porque hay silencio y, a la vez, alusión a cosas graves y luminosas. También me conmueve singularmente la obra de Bosch, Klee, Ernst.

MADRUGADA

Desnudo soñando una noche solar. 
He yacido días animales. 
El viento y la lluvia me borraron 
como a un fuego, como a un poema 
escrito en un muro. 

M.I.M. – Por último, te pregunto si alguna vez te formulaste la pregunta que se plantea Octavio Paz en el prólogo de El arco y la lira: ¿no sería mejor transformar la vida en poesía que hacer poesía con la vida?

A.P. – Respondo desde uno de mis últimos poemas: Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir.

CUARTO SOLO

Si te atreves a sorprender 
la verdad de esta vieja pared; 
y sus fisuras, desgarraduras, 
formando rostros, esfinges, 
manos, clepsidras, 
seguramente vendrá 
una presencia para tu sed, 
probablemente partirá 
esta ausencia que te bebe. 
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