Penélope, de Joan Manuel Serrat

“Penélope”, compuesta e interpretada por Joan Manuel Serrat en 1969, se erige como una de las piezas más emblemáticas de la música española del siglo XX. Incluida en su cuarto álbum “La Paloma” y su primero con letras en castellano, todas escritas por él menos la que le da el título que es un poema de Rafael Alberti, la canción no solo marcó un hito en la carrera del cantautor catalán, sino que también abrió un cauce inédito entre la canción de autor y el público latinoamericano. Inspirada en el mito homérico, pero recontextualizada en una España inmersa en el franquismo, “Penélope” trasciende la mera balada de amor frustrado para convertirse en un símbolo del anhelo, la espera y el desencanto. Su relevancia cultural y emocional se mantiene intacta más de cinco décadas después de su lanzamiento.

El apartado musical de “Penélope” es fundamental para comprender la hondura emocional de la obra. La melodía, de corte folk y balada, se apoya en una progresión armónica sencilla pero eficaz, que envuelve al oyente en una atmósfera de nostalgia y melancolía. La guitarra acústica, presente desde los compases iniciales, marca el pulso íntimo de la canción; sus rasgueos suaves y precisos dibujan el paisaje sonoro de la estación donde espera la protagonista. Los arreglos de cuerda, sutiles pero expresivos, refuerzan la sensación de soledad y vacío, acompañando los silencios y acentuando los momentos de mayor tensión emocional.

La guitarra acústica y los arreglos de cuerda aportan una sensación de intimidad y soledad, mientras que la voz de Serrat transmite vulnerabilidad, reforzando el sentimiento de espera interminable. Su interpretación vocal es contenida, casi susurrada en algunos pasajes, lo que intensifica la fragilidad de Penélope. En el estribillo, la voz se abre ligeramente, pero nunca abandona ese tono resignado y doliente que caracteriza la pieza. La instrumentación minimalista permite que cada palabra resuene con fuerza, y el tempo pausado refuerza la idea de un tiempo detenido, en sintonía con el reloj parado de la protagonista.

Según el crítico musical Diego A. Manrique, “Penélope” es “una de las canciones más representativas del desarraigo emocional en la música española de los años 60, donde la música y la letra dialogan en un lamento contenido, sin concesiones al sentimentalismo fácil”. Por su parte, la musicóloga María Antonia Ferrer subraya que “la combinación de la voz temblorosa de Serrat con música de Augusto Algueró y arreglos orquestales a cargo de Ricard Miralles logran crear una atmósfera de espera suspendida, casi irrespirable, que convierte al oyente en testigo de la soledad de la protagonista”.

La crítica especializada ha coincidido en la singularidad de “Penélope” dentro del repertorio de Serrat. En palabras de Luis García Gil, autor del ensayo Serrat y los poetas: “La canción es un prodigio de síntesis narrativa y musical, donde cada acorde y cada silencio contribuyen a la construcción de un mito moderno de la espera y la pérdida”. Asimismo, en una entrevista concedida a El País en 2014, Serrat afirmaba: “Penélope es la historia de la esperanza que se resiste a morir, pero también del dolor de la memoria que no perdona el paso del tiempo”.

Penélope, con su bolso de piel marrón
Y sus zapatos de tacón
Y su vestido de domingo

Penélope se sienta en un banco en el andén
Y espera que llegue el primer tren
Meneando el abanico

Dicen en el pueblo que un caminante paró
Su reloj una tarde de primavera

Adiós amor mío
No me llores volveré
Antes que de los sauces caigan las hojas
Piensa en mí, volveré por ti

Pobre infeliz se paró tu reloj infantil
Una tarde plomiza de abril
Cuando se fue tu amante

Se marchitó
En tu huerto hasta la última flor
No hay un sauce en la calle Mayor
Para Penélope

Penélope
Tristes a fuerza de esperar
Sus ojos parecen brillar
Si un tren silba a lo lejos

Penélope
Uno tras otro les ve pasar
Mira sus caras, les oye hablar
Para ella son muñecos

Dicen en el pueblo que el caminante volvió
La encontró en su banco de pino verde

La llamó, Penélope, mi amante fiel, mi paz
Deja ya de tejer sueños en tu mente
Mírame, soy tu amor, regresé

Le sonrió
Con los ojos llenitos de ayer
No era así su cara ni su piel
Tú no eres quien yo espero

Y se quedó
Con su bolso de piel marrón
Y sus zapatitos de tacón
Sentada en la estación

Penélope

El texto de “Penélope” reinterpreta el mito homérico desde una óptica contemporánea y femenina. Mientras la Penélope de La Odisea teje y desteje para mantener viva la esperanza y resistir a los pretendientes, la Penélope de Serrat se aferra a una imagen idealizada, incapaz de reconocer al amante que regresa transformado por el tiempo. Esta inversión del mito subraya la crueldad de la espera y la imposibilidad del reencuentro. La ambientación en una estación de tren y la insistencia en los detalles cotidianos (el bolso de piel marrón, los zapatos de tacón, el vestido de domingo) anclan la historia en la España de los años 60, marcada por el estancamiento social y las ilusiones rotas de toda una generación.

Como señala el académico José-Carlos Mainer, “la Penélope de Serrat es la imagen de la España inmóvil, que mira pasar los trenes de la historia sin atreverse a subirse a ninguno”. Así, la canción dialoga tanto con la poesía de Antonio Machado —el camino, la memoria, la identidad perdida— como con la realidad de un país que vive entre la esperanza y la resignación.

Más allá del mito clásico, “Penélope” se inscribe en una tradición literaria que explora la espera y el desencanto. Personajes como la Emma Bovary de Flaubert, la Fermina Daza de El amor en los tiempos del cólera de García Márquez, o incluso el Vladimir y el Estragón de Esperando a Godot de Beckett, comparten con la Penélope de Serrat la experiencia de una esperanza inamovible, a menudo condenada a la frustración. En todos ellos, la espera no solo es un acto de fe, sino también una trampa psicológica que impide avanzar y aceptar la transformación de la vida y de uno mismo.

En palabras de la escritora Rosa Montero: “La espera es la forma más pura de la esperanza, pero también la más cruel, porque nos obliga a aferrarnos a fantasmas”. La Penélope de Serrat, como tantos otros personajes literarios, termina convertida en prisionera de su propio ideal, incapaz de reconocer la realidad cuando finalmente se presenta ante ella.

“Penélope” sigue siendo, medio siglo después, una obra maestra de la canción de autor, capaz de conmover a generaciones de oyentes por la honestidad de su mensaje y la sutileza de su ejecución. El equilibrio entre la poesía de la letra, la delicadeza musical y la profundidad interpretativa de Serrat convierten a la canción en un espejo de la condición humana, donde la esperanza puede transformarse en prisión. En un mundo cada vez más acelerado, la figura de Penélope nos interpela: ¿cuántos seguimos esperando versiones idealizadas de personas o momentos que el tiempo ha cambiado para siempre? La vigencia de la canción radica en su capacidad para invitar a la reflexión, trascendiendo modas y estilos, y recordándonos que, a veces, el verdadero viaje es aprender a aceptar el cambio.

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