Guillén, Jorge

Jorge Guillén (1893-1984) desarrolla en Cántico (1928-1950) una poesía profundamente afirmativa, donde la contemplación se transforma en un acto creativo. Frente al tono angustiado de otros miembros de la Generación del 27, Guillén apuesta por una visión de plenitud basada en la esencia del lenguaje, la precisión formal y la captación del instante perfecto. Su célebre exclamación “¡El mundo está bien hecho!” (Más allá, Cántico, 1950) resume este pensamiento; no es solo estética, sino una declaración ontológica. A pesar del contexto histórico de guerras, exilio y crisis, Guillén responde afirmativamente, trascendiendo la realidad histórica a través de la contemplación activa.

Aunque pertenece a la Generación del 27, su voz se distingue: evita el dramatismo de Lorca, el surrealismo de Alberti o el desarraigo de Cernuda. Guillén se convierte en el poeta que busca la perfección, edificando un universo verbal donde cada palabra brilla como parte de un todo armónico. Su punto de partida filosófico es parmenídeo: el ser es y, en su perfección misma, se manifiesta. Esto no implica optimismo ingenuo, sino una percepción racional y sensorial de la armonía universal. Para él, “El poeta no inventa: descubre” (epígrafe recurrente en Homenaje). Así, el lenguaje revela la realidad esencial, no la fabrica.

Entre sus influencias destacan la “poesía desnuda” de Juan Ramón Jiménez, el rigor estructural de Paul Valéry, la condensación conceptual de Góngora y la contraposición entre ser y devenir de Parménides y Heráclito. Ejemplos como “El aire es puro. / Puro el silencio.” (Perfección), “El mar es un espejo / que no refleja nada”., y “Todo es presente” (Salvación de la primavera) lo evidencian.

Guillén rechaza la poesía confesional: para él, el “yo” poético es un espectador de la armonía universal. Domina la métrica tradicional con maestría, utiliza tercetos encadenados, versos cortos y sonetos, y despliega recursos como anáforas, paralelismos, aliteraciones y paradojas –por ejemplo, “La luz no cae: / se posa” (Luz posada)–, creando música y revelación a través de la imagen poética.

Sus temas recurrentes son la luz –metáfora central que simboliza claridad, pureza y unidad cósmica–, la búsqueda del instante perfecto (el tiempo intensificado, no prolongado), y la unidad entre microcosmos y macrocosmos, donde “Todo se corresponde”. La evolución de su obra va desde la contemplación pura hacia un diálogo con la historia, como muestran las sucesivas ediciones crecientes de Cántico y la progresiva inclusión de nuevos poemas y secciones que refuerzan el sentido de plenitud.

En la trilogía Clamor, la historia personal y colectiva cobra protagonismo, abordando temas como la guerra civil, el exilio y la dictadura, pero sin perder el tono afirmativo: “El caos no es caos: / es orden en movimiento” (Maremágnum). En Homenaje (1967), Guillén rinde tributo a poetas y reflexiona sobre la función del verso y la permanencia del lenguaje.

Su recepción crítica estuvo marcada por la admiración de autores como Dámaso Alonso y Vicente Aleixandre, aunque también recibió críticas por su supuesta evasión burguesa, a lo que respondió: “No evado: penetro.” La influencia de Guillén ha perdurado en poetas posteriores, reafirmando su vigencia en tiempos contemporáneos gracias a su propuesta de contemplación activa y su confianza en el lenguaje como vía de claridad y resistencia.

En última instancia, la poesía de Guillén es comparable a una catedral de luz: afirma el ser, eleva la forma y celebra la unidad del cosmos. En un siglo convulso, no elude la realidad, sino que la observa hasta captar su estructura profunda, ofreciendo una revelación poética que proclama: “¡Oh mundo, mundo, mundo! / ¡Qué bien estás en ti!» (Final, 1950).

Entradas creadas 484

Un pensamiento en “Guillén, Jorge

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Publicaciones relacionadas

Comienza escribiendo tu búsqueda y pulsa enter para buscar. Presiona ESC para cancelar.

Volver arriba