Volver y No volveré a ser joven, de Jaime Gil de Biedma

Artículo de Raúl Molina

VOLVER

Mi recuerdo eran imágenes, 
          en el instante, de ti: 
esa expresión y un matiz 
          de los ojos, algo suave

en la inflexión de la voz, 
          y tus bostezos furtivos 
de lebrel que ha maldormido 
          la noche en mi habitación.

Volver, pasados los años, 
          hacia la felicidad 
-para verse y recordar 
          que yo también he cambiado.
NO VOLVERÉ A SER JOVEN

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde
-como todos los jóvenes, yo vine
a llevarme la vida por delante.

Dejar huella quería
y marcharme entre aplausos
-envejecer, morir, eran tan sólo
las dimensiones del teatro.

Pero ha pasado el tiempo
y la verdad desagradable asoma:
envejecer, morir,
es el único argumento de la obra.
 
Jaime Gil de Biedma

Jaime Gil de Biedma (1929-1990) es uno de los poetas más importantes de la segunda mitad del siglo XX en España. Nace en el seno de una familia burguesa de la Ciudad Condal que poseía la Compañía de Tabacos de Filipinas, lo que le asegura, como es lógico, una más que favorable posición económica y social; él mismo afirma con sentimiento de culpa: “Yo nací (perdonadme) / en la edad de la pérgola y el tenis”. Tras acabar la carrera de Derecho se vio inmerso en una doble y, hasta cierto punto, enfrentada vida, pues compaginaba su trabajo como director de la empresa familiar con la vinculación con organizaciones de carácter marxista.

En Barcelona se une a otros jóvenes nacidos entre 1925 y 1935 que, como él, sienten una clara inclinación hacia la poesía, por ejemplo, José Manuel Caballero Bonald, Ángel González o el valenciano Francisco Brines. El carácter de grupo se desarrolla rápidamente, pues todos ellos tienen unas influencias similares (Antonio Machado, César Vallejo, Pablo Neruda, Luis Cernuda y, sobre todo, los poetas sociales, hasta el punto de que se les ha llegado a considerar “hijos de Blas de Otero”, aunque con el paso de los años lograron superar la vertiente más social, eso sí, sin llegar a abandonarla por completo), lo que va a provocar que tengan una concepción muy similar del lenguaje poético (antirretórica, pero con un enorme trabajo sobre la palabra) y de la poesía (un pulso vital, puramente realista, relacionada directamente con la plasmación de la experiencia subjetiva, pero acercándose, a su vez, a lo objetivo y universal, pues todo lector de aquella época podía firmar como propios esos poemas: “acaba pareciéndose / al vicio solitario”). Todo ello provoca que Barcelona, residencia de Biedma, Caballero Bonald, J.A. Goytisolo y Carlos Barral y lugar de publicación de la gran mayoría de libros, se establezca como un importante oasis cultural en la mediocridad de la España franquista. Además, gracias a ellos el patrimonio poético se enriquece gracias a una serie de poemarios imprescindibles: Las adivinaciones de J.M. Caballero Bonald; Áspero mundo de Ángel González en 1956; Compañeros de viaje  de Jaime Gil de Biedma; Alianza y condena de Claudio Rodríguez en 1965; Moralidades de Jaime Gil de Biedma, Palabras en la oscuridad del valenciano Francisco Brines y De la memoria y los signos de José Ángel Valente 1966.

En cuanto a Jaime Gil de Biedma, su obra poética completa se recoge en Las personas del verbo en 1975, reeditado en 1982. Consigue plasmar la experiencia del sujeto en crisis de los años 50 y 60, sin llegar a caer en lo social, pero tampoco sin abandonarlo: “Vienen / de allá, del otro lado del fondo sulfuroso / de las sordas / minas del hambre y la multitud” afirma en “Los aparecidos”. Además, logra, con total maestría, hacer de esa experiencia un hecho común a la sociedad española de la época, de modo que cualquiera podía verse reflejado en ellas.

En “Volver”, el primero de los poemas propuestos más arriba, refleja a la perfección esta última característica: el sujeto recuerda imágenes vespertinas del ser amado (expresión, ojos, voz, bostezos) que han quedado inmortalizadas como fotografías en su memoria. Ello se da en los dos primeros cuartetos, sin embargo, el tercero va a romper con la idealización, pues la vista del sujeto vuelve al presente y entonces aparece la inevitable corrupción que provoca en el cuerpo del hombre el paso del tiempo: “que yo también he cambiado”.

Con esta idea, podemos enlazar con “No volveré a ser joven”: Biedma es capaz en su poesía de contemplar su andadura vital con perspectiva. En “Volver” son los recuerdos de un amor pasado los que llegan a la mente del poeta, aquí la reflexión temporal alcanza las cotas de la alegoría, eso sí, esta es convenientemente explicada para que el lector no tenga posibilidad de confusión: el yo poético había venido a llevarse “la vida por delante” en su juventud, momento en el que el paso del tiempo “eran tan solo / las dimensiones del teatro”. La muerte queda lejos. Sin embargo, años después “la verdad desagradable asoma” y entonces el paso del tiempo se convierte en “el único argumento de la obra”. La idea de la vida como una obra de teatro es una constante en la literatura. Aquí Biedma la logra plasmar con total precisión y sencillez en un breve poema a partir de una equiparación del paso del tiempo con las dimensiones del teatro (lo secundario) durante la juventud, una visión que evoluciona y pasa a ser durante la edad adulta el único argumento de la obra, es decir, lo principal y más importante.

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