Pablo de Rokha, nacido Carlos Ignacio Díaz Loyola el 17 de octubre de 1894 en Licantén, región central de Chile, fue el primogénito de José Ignacio Díaz y Laura Loyola. Su infancia, marcada por la vida rural y las dificultades económicas de una familia campesina numerosa, forjó en él una sensibilidad especial hacia las desigualdades sociales y una visión crítica del entorno. Los constantes traslados junto a su padre, administrador de fundos y funcionario aduanero, le permitieron conocer de cerca la rusticidad del paisaje chileno y las realidades de los trabajadores, experiencias que influirían profundamente en su cosmovisión y posterior producción artística.
Desde joven, Díaz Loyola mostró un carácter rebelde y contestatario. Su paso por la Escuela Pública N° 3 de Talca y el Seminario Conciliar de San Pelayo terminó abruptamente en 1911, cuando fue expulsado por leer y difundir obras de autores prohibidos como Rabelais y Voltaire. Este episodio, lejos de desalentarle, fortaleció su espíritu crítico y su rechazo a las estructuras conservadoras. En Santiago, adoptó el seudónimo de Job Díaz antes de consolidar su identidad literaria como Pablo de Rokha. Publicó artículos en periódicos como La Razón y La Mañana, y sus primeros poemas en la revista Juventud de la Federación de Estudiantes, iniciando así una trayectoria marcada por la experimentación y el compromiso social.
A la manera de antaño
Gran hogar patriarcal lleno de nidos,
de muérdagos y rémoras felices;
un pan de sal para los días idos
y un pan de mar para los días grises.
La proa afronta contra la ola (heridos),
a los corsarios sobre cien países,
o andamos por la aldea atardecidos
tragando sol o cazando perdices.
Le invade de chacales la retórica,
pero yo echo la orinada histórica
sobre sus catres de metales blandos.
Y aunque toda la horda nos acosa,
medio a medio de los caminos, rosa
de humo y piedra, la tribu está brillando.

La obra de Pablo de Rokha se caracteriza por un lenguaje torrencial, lleno de imágenes telúricas y una energía verbal desbordante. Su primer libro, Los gemidos (1922), marcó el inicio de una poética vanguardista y polémica, a la que seguirían títulos como U (1926) y Canto del macho anciano (1936). En ellas, fusionó elementos modernistas con una crítica social feroz, abordando temas de marginalidad, explotación y rebeldía. La influencia de su adhesión al comunismo se hace patente en su obra, aunque su relación con el Partido Comunista chileno fue compleja y muchas veces conflictiva. No obstante, su poesía nunca perdió el anclaje en lo chileno, explorando la identidad nacional y las contradicciones del país desde una perspectiva profundamente personal y social.
El estilo de Pablo de Rokha, caracterizado por su fuerza expresiva, ruptura de formas tradicionales y compromiso ideológico, ejerció una influencia decisiva en la poesía chilena y latinoamericana posterior. Su lenguaje innovador y su capacidad para entrelazar lo cotidiano con lo mítico abrieron nuevas posibilidades expresivas, inspirando a poetas y movimientos que buscaron renovar la lírica en la región. La recepción crítica de su obra ha sido cambiante: en vida, fue objeto tanto de reconocimiento como de marginación por su postura combativa y su independencia frente a las instituciones literarias. Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XX, la crítica ha revisado su legado, destacando su aporte a la modernización de la poesía hispanoamericana y su papel como precursor de la poesía social y experimental. Autores como Enrique Lihn y Raúl Zurita han señalado la deuda de la poesía chilena con la radicalidad formal y temática de De Rokha, subrayando su influencia en la configuración de una voz poética auténticamente nacional.
Autorretrato de adolescencia
Entre serpientes verdes y verbenas,
mi condición de león domesticado
tiene un rumor lacustre de colmenas
y un ladrido de océano quemado.
Ceñido de fantasmas y cadenas,
soy religión podrida y rey tronchado,
o un castillo feudal cuyas almenas
alzan tu nombre como un pan dorado.
Torres de sangre en campos de batalla,
olor a sol heroico y a metralla,
a espada de nación despavorida.
Se escuchan en mi ser lleno de muertos
y heridos, de cenizas y desiertos,
en donde un gran poeta se suicida.

La obra de Pablo de Rokha ha servido de inspiración para numerosos poetas contemporáneos y posteriores. Su enfoque rupturista y su defensa de la poesía como acto de resistencia han sido retomados por movimientos como la antipoesía de Nicanor Parra, quien reconoció en De Rokha a un precursor en la demolición de los cánones poéticos tradicionales. Asimismo, poetas como Gonzalo Millán y Carmen Berenguer han incorporado en sus escritos la impronta torrencial y la crítica social presentes en la obra rokhiana. En el ámbito latinoamericano, su influencia se percibe en la poesía comprometida de los años 60 y 70, especialmente en autores vinculados a las luchas sociales y políticas, como Roque Dalton en El Salvador o Juan Gelman en Argentina, quienes vieron en De Rokha un ejemplo de coherencia entre vida y obra, así como una fuente de recursos expresivos para abordar la realidad de sus países.
Uno de los aspectos más comentados de la vida de Pablo de Rokha ha sido su relación con otros escritores y con el Partido Comunista. Su antagonismo con Pablo Neruda, lejos de ser una simple enemistad personal, refleja diferencias profundas en la concepción de la poesía y el compromiso social. Aunque De Rokha criticó públicamente a Neruda por considerarlo cercano al poder y al oficialismo, es importante reconocer que ambos compartían preocupaciones similares por la justicia social y la identidad chilena, aunque desde perspectivas distintas. Como han señalado algunos críticos, “la rivalidad entre De Rokha y Neruda es, en buena medida, el reflejo de las tensiones propias de la vida intelectual chilena del siglo XX”. Por otro lado, sus conflictos con el Partido Comunista se debieron más a su carácter independiente y su negativa a someterse a las directrices partidarias que a una ruptura ideológica total; en palabras del propio De Rokha, “el poeta debe ser libre incluso en la revolución”. Así, su figura se ha interpretado como la de un intelectual incómodo, difícil de clasificar, cuya rebeldía trascendió las fronteras políticas y literarias.
Aventurero
Oriente de cobre duro, fino y ensangrentado,
de tiempo a tiempo
tendido
de mundo a mundo.
¡Voluntad!
Soy el hombre de la danza oscura
y el ataúd de canciones degolladas;
el automovilista lluvioso,
sonriente de horrores, gobernando
la bestia ruidosa;
el tallador en piedra de catedrales hundidas:
el bailarín matemático y lúgubre.
coronado de rosas de equilibrio;
el vendedor de abismos, trágico,
de cabellera de ciudades
y un canto enorme en la capa raída.
Tren nocturno
con las hojas marchitas y un vientre humoso.
¡Ay! cómo aúllan en la tierra cóncava y madura
mis leones muertos…
Voy de estrella en estrella
acariciándole los pechos violados a las guitarras.
con mi mano única;
¡oh! jugador,
agarro mi gran rueda de espanto,
despernancada,
y la arrojo contra las estrellas,
arriba del cielo, más arriba del cielo
que no existe.
Y suelo estarme cuatro y cinco mil lunarios,
como un idiota viejo,
jugando con bolitas de tristeza,
jugando con bolitas de locura
que hago yo mismo manoseando la soledad;
entonces me río,
con mis 33 dientes,
entonces me río,
entonces me río,
con la risa quebrada de las motocicletas,
colgado de la cola del mundo.
La campana negra del sexo
toca a ánimas adentro de mi melancolía,
y una mujer múltiple y una
múltiple y una
como un triángulo de setenta lados y muchos claveles.
se desnuda multiplicando las heridas
sobre mis mundos quemantes y llenos de senos de mujeres estupefactas.
La vida personal de Pablo de Rokha estuvo profundamente entrelazada con el contexto social y político chileno. Su matrimonio con Luisa Anabalón Sanderson, conocida como Winétt de Rokha, fue tanto una unión sentimental como una colaboración artística y política. Juntos fundaron la revista Multitud en 1939 y crearon un núcleo familiar en el que el arte y el compromiso social eran ejes fundamentales. Los acontecimientos históricos que vivió —como las crisis económicas, el auge del movimiento obrero, las dictaduras y la Revolución Cubana— tuvieron un impacto directo en su obra, que a menudo dialoga con los grandes debates de su tiempo. La trágica muerte de Winétt en 1964 y la posterior pérdida de un hijo precipitaron su declive anímico, llevándole al suicidio el 10 de septiembre de 1968. Sin embargo, hasta el final, su poesía mantuvo la intensidad y la pasión por la justicia que caracterizaron toda su vida.
Reconocido tardíamente con el Premio Nacional de Literatura en 1965, Pablo de Rokha es hoy considerado uno de los cuatro grandes de la poesía chilena, junto a Gabriela Mistral, Pablo Neruda y Vicente Huidobro. Su producción desafía las jerarquías literarias establecidas, proponiendo una poesía simbólica, paródica y radicalmente comprometida con su tiempo y su país. El legado de De Rokha sigue vigente en la literatura chilena y latinoamericana, no solo por la originalidad de su lenguaje y la profundidad de sus temas, sino también por su ejemplo de vida, en la que la creación poética fue inseparable de la lucha por la dignidad y la libertad.
Genio y Figura
Yo soy como el fracaso total del mundo, ¡oh, Pueblos!
El canto frente a frente al mismo Satanás,
dialoga con la ciencia tremenda de los muertos,
y mi dolor chorrea de sangre la ciudad.
Aún mis días son restos de enormes muebles viejos, anoche “Dios” llevaba
entre mundos que van
así, mi niña, solos, y tú dices: “te quiero”
cuando hablas con “tu” Pablo, sin oírle jamás.
El hombre y la mujer tienen olor a tumba,
El cuerpo se me cae sobre la tierra bruta
Lo mismo que el ataúd rojo del infeliz.
Enemigo total, aúllo por los barrios,
un espanto más bárbaro, más bárbaro, más bárbaro
que el hipo de cien perros botados a morir.
