Gabriel Okara

Este personaje centenario nos llega desde África, más concretamente del interior de Nigeria. Su nombre es Gabriel Imomotimi Gbaingbain Okara, pero no os preocupéis, ya que podéis llamarlo Gabriel Okara, que es cómo se le conoce. Okara, como muchos otros muchachos y muchachas de su tierra, dejó pronto la escuela para trabajar, en su caso, de encuadernador, pero no por eso dejó de estudiar (más tarde cursaría periodismo en la Universidad Northwestern) aunque de todas formas se puede asegurar que fue un escritor autodidacta. Sus trabajos estaban basados en el folclore, las creencias y los pensamientos de su pueblo, reivindicándolos y dándolos a conocer por todo el mundo al escribir en inglés. Su carrera como poeta comenzó durante los nueve años de trabajo para una editorial del gobierno colonial, consiguiendo el premio del Festival de las Artes de Nigeria en 1953 con el poema “La llamada de la monja del río” y ganando el reconocimiento como escritor antes de la década de 1960. Su primera novela, La voz, fue editada en 1964, Así mismo, también escribió obras de teatro y artículos para la radio, trabajando como Oficial de Información, durante la Guerra Civil de Nigeria (1967-70) para el Gobierno del Este. Okara falleció a los 97 años en la localidad Yenagoa.

Leamos uno de sus poemas más reconocidos, Piano y tambores.

Cuando al amanecer en la orilla del río
Escucho los tambores de la jungla telegrafiando
el ritmo místico, urgente, crudo
como carne sangrante, hablando de
juventud primordial y el comienzo
Veo a la pantera lista para precipitarse
el leopardo gruñendo a punto de saltar
y los cazadores se agachan con las lanzas preparadas;

Y mi sangre se agita, se torna torrente,
derriba los años y de golpe estoy
mamando en el regazo de mi madre;
a la vez estoy caminando simples
caminos sin innovaciones,
robusto, formado con el desnudo
calor de pies apresurados y corazones a tientas
en hojas verdes y flores silvestres palpitando.

Entonces escucho un quejoso piano
hablando en solitario de formas complejas en
concierto surcado de lágrimas;
de tierras lejanas
y nuevos horizontes con
embaucador diminuendo, contrapunto,
crescendo. Pero perdido en el laberinto
de sus complejidades, termina en el medio
de una frase a punta de puñal.

Y me perdí en la niebla de la mañana
de una época en un torreón junto al río
vagando en el ritmo místico
de tambores selváticos y el concierto.

Un artículo de Antonio Cruzans

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