Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959), con su poesía arraigada en el pulso urbano y la ironía cotidiana, ha construido una obra que transforma lo banal en epifanía sin recurrir a grandes artificios. Su estilo, influido por el realismo sucio de autores como Raymond Carver o el tono seco de Bukowski, pero siempre con una contención vasca que evita el exceso, se condensa en textos breves donde el tiempo y las relaciones humanas se erosionan como el asfalto bajo la lluvia. “Los viejos amigos”, incluido en su antología Seguro que esta historia te suena. Poesía completa (1985-2012) (Renacimiento, 2012), es un ejemplo paradigmático de esta poética: un poema de apenas catorce versos que disecciona la amistad perdida con la precisión de un bisturí.
El texto reza así:

Los viejos amigos
ya no somos
amigos, pero vamos camino
de ser viejos. Algo es algo.
A algunos me los cruzo todavía
por ahí; los hay que incluso
mueven un poco la cabeza,
pero son los menos, casi todos
van mirando al infinito,
así es imposible que me puedan ver.
Yo sí los veo, y ni siquiera
me molesto; es la vida, me digo,
que te acaba poniendo en tu lugar.
El mío, el de siempre, el asfalto.
El de ellos, ellos sabrán.
En este poema, Iribarren parte de una paradoja inicial que establece el tono irónico y resignado: los antiguos lazos se disuelven, pero queda el consuelo mínimo de envejecer en común. Esa frase inaugural —“ya no somos / amigos, pero vamos camino / de ser viejos. Algo es algo”— es un golpe maestro de economía verbal, donde el humor amargo (el “algo es algo” como remanente patético) se entreteje con la inevitabilidad del paso del tiempo. No hay nostalgia lacrimosa; en su lugar, una constatación fría, casi sociológica, de cómo las vidas divergen en el espacio urbano: encuentros fortuitos en la calle, gestos esquivos, miradas perdidas en el “infinito”. El hablante observa, pero no interviene; su pasividad (“ni siquiera / me molesto”) revela una lucidez que roza el cinismo, pero que en realidad es una forma de autoprotección. Es decir, al distanciarse emocionalmente y no buscar el contacto, el yo poético se protege del dolor de la separación.
Temáticamente, el poema explora la amistad como constructo efímero, víctima de las trayectorias individuales que la vida impone. El “asfalto” al final no es solo un elemento paisajístico —el pavimento de la ciudad donostiarra o madrileña donde Iribarren ambienta tantos textos—, sino una metáfora del lugar asignado: el hablante se identifica con lo duro, lo gris, lo permanente en su inmovilidad, mientras los otros “sabrán” (o no) de sus propios derroteros. Esta asimetría —yo te veo, tú no a mí— invierte el tópico de la invisibilidad del tiempo: aquí, es el observador quien permanece visible para sí mismo, anclado en su realidad cruda. De este modo, el poema parece sugerir que, aunque los caminos se separen, el recuerdo de la amistad no desaparece del todo. Aunque predomina la resignación, también podría leerse cierta nostalgia contenida en el deseo de compartir el envejecimiento, lo que sugiere que la distancia no borra del todo el afecto pasado.
Eco de poemas como “Desde mi ventana” o “La vida misma”, donde la rutina se carga de existencialismo, “Los viejos amigos” universaliza lo personal: todos hemos sido ese amigo que se desvanece en el horizonte. Formalmente, el verso libre y la sintaxis conversacional imitan el flujo de un monólogo interior, con encabalgamientos que aceleran el ritmo (“mueven un poco la cabeza, / pero son los menos”) para evocar la fugacidad de los encuentros. La ausencia de puntuación abundante y los adjetivos mínimos potencian la oralidad, haciendo que el poema se lea como un comentario de bar, género predilecto de Iribarren. El lenguaje despojado amplifica el vacío emocional. Es decir, al usar palabras sencillas y pocas descripciones, el poema transmite mejor la sensación de soledad. Esa aparente prosa poética no es pereza estilística, sino elección deliberada: el lenguaje despojado amplifica el vacío emocional, dejando que el silencio entre líneas hable de lo irrecuperable.
En el corpus de Iribarren, este texto se inscribe en su exploración de las “pequeñas derrotas” cotidianas, esas que no hacen historia pero que la conforman. No busca redención ni cierre; termina abierto, con un encogimiento de hombros implícito. “Los viejos amigos” nos recuerda que la poesía, en manos de Iribarren, no eleva lo mundano, sino que lo ilumina con una luz cruda, invitándonos a reconocer en sus versos el mapa de nuestras propias ausencias. Porque, al final, el asfalto es el único testigo fiel: resiste, pero no perdona.

Un pensamiento en “Los viejos amigos, de Karmelo C. Iribarren”