Philip Larkin

Philip Arthur Larkin nació el 9 de agosto de 1922 en Coventry, donde su padre se encargaba de la tesorería de la ciudad. Describió su infancia como un aburrimiento sin nada destacable de ser comentado y afirmaba que su verdadera biografía comenzaba a partir de los veintiún años. En su infancia tampoco fue un estudiante particularmente bueno, sin embargo, se matriculó en el St. John’s College, Oxford, en 1940, con la esperanza de entrar en la universidad antes de ser llamado al ejército, al que no se incorporó por no superar los requerimientos físicos. Así que se graduó con honores de primera clase en 1943. Este periodo tuvo un profundo efecto en Larkin y, sobre todo, gracias a amistades como las de Bruce Montgomery (Edmund Crispin) y Kingsley Amis. También publicó poemas en las revistas de pregrado y en la antología “Poetry in Wartime” (1942), y Fortune Press le publicó “The North Ship” en 1945.

Después de graduarse, Larkin trabajó como bibliotecario en Wellington, Shropshire, lo que aprovechó para leer seriamente la poesía de Thomas Hardy, lo que le permitió deshacerse de la influencia yeatsiana. Posteriormente trabajó como bibliotecario en Leicester, en Belfast, y, después de 1955, como bibliotecario jefe en la Universidad de Hull. Murió en Hull de cáncer el 2 de diciembre de 1985. La poesía de Larkin es decididamente provinciana, aunque existe una marcada sospecha de Londres y de la urbanidad cosmopolita que representa.

EL BARCO DEL NORTE

A la una la botella está vacía;
a las dos, el libro fue cerrado;
a las tres, los amantes yacen separados,
ya realizado el comercio del amor.
Y ahora las luminosas manecillas del reloj
indican que son más de las cuatro,
esa hora nocturna en que los
vientos vagabundos
sacuden la oscuridad.
Y me muero de ganas por dormir;
tanto que apenas puedo creer
que el río silencioso que sale de la cueva
no sea poderoso ni profundo;
sólo una imagen elegida para presumir.
Me acuesto y espero la llegada de la mañana
y de los pájaros,
los primeros pasos bajando por las calles
todavía sin barrer,
las voces de las niñas abrigadas con bufandas.

Un artículo de Antonio Cruzans

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