Subvirtiendo la retórica del poder

Un artículo de Raúl Molina.

El panorama poético español en las últimas décadas ha sido declarado un espacio de guerra, de batallas constantes entre los defensores de las diferentes ideologías literarias que desde los años ochenta conviven como el perro y el gato en la España del lavado de imagen postransicional.

¿Pero si la Transición fue en los años 70 qué narices estás diciendo ahora?, os podéis preguntar. Realmente los modelos culturales impuestos tras los Pactos de la Moncloa y la más que significativa aprobación de una Constitución tan progresista como vilipendiada son los mismos que hoy. Casi 40 años después siguen no solo vigentes, sino en la flor de la vida. La CT o Cultura de la Transición, como ha sido denominada y teorizada por Guillem Martínez, entre otros, es, como él mismo afirma, “la observación de los pentagramas de la cultura española, de sus límites. Unos pentagramas canijos, estrechos, en los que solo es posible escribir determinadas novelas, discursos, artículos, canciones, programas, declaraciones, sin salirse de la página, o ser interpretado como un borrón. Son unos pentagramas, por otra par, formulados para que la cultura española realizara pocas formulaciones” (VVAA, 2012: 14).

La cultura española mayoritaria se desarrolla entre esos pentagramas, por lo que participa de los estrechos márgenes de maniobra. Los acepta y realiza sus formulaciones respetando sus límites sin cuestionarse sobre ellos. Son estos los únicos espacios iluminados por el foco institucional, de forma que la CT se establece no solo como mayoritaria, obviamente, sino como la única vía posible si se quiere dar a conocer el hecho artístico que se realiza. Porque fuera de esos márgenes la luz no llega, solo están las tinieblas de los contrainstitucional, donde moran los creadores que no se someten a esas cadenas y los defensores de la acrítica CT armados hasta los dientes para acallar cualquier tipo de rebelión. En esta cárcel subterránea o sigues la senda o serás devorado por los lobos.

Lo verdaderamente mosqueante de la situación es que la CT no se muestra tal y como es en realidad, sino que aparece disfrazada de ese falso progresismo proburgués que nos venden desde todos los rincones institucionales: militancia en determinados partidos, sindicatos y organizaciones de corte (falso)progresista postransicional, escritores en diarios partícipes de la CT… En definitiva, buscar cobijo en la sombra de la Institución, en mayúsculas, para recibir los favores de esta, los favores de la CT, siempre y cuando sean seguidos a rajatabla los 10 Mandamientos de las Tablas de la Ley (a)Constitucional:

  • 1. Amarás a la institución sobre todas las cosas
  • 2. No tomarás el nombre del Estado en vano
  • 3. Santificarás el Día de la Hispanidad
  • 4. Honrarás a CCOO y UGT
  • 5. No matarás NINGUNA tradición
  • 6. No cometerás actos no CT
  • 7. No robarás al que más tiene
  • 8. No levantarás cuestiones candentes ni criticarás el orden establecido
  • 9. No consentirás pensamientos críticos ni deseos revolucionarios
  • 10. Codiciarás las grandes fortunas

La sección literaria de la CT se ha establecido bajo estos preceptos como la forma única de creación o, al menos, como la única forma reconocida. Lo cual es un ataque directo al principio heterogenista que es la base de una sociedad postmoderna.

La utilización de determinados mecanismos institucionales (premios literarios, subvenciones, centros universitarios, editoriales dependientes de grupos de poder…) para establecer como dominante una propuesta negando al otro, a las propuestas divergentes, ha sido y es un argumento fascista de base que hoy se presenta bajo un papel de regalo decorado con rosas, puños cerrados y viejas canciones de trinchera.

En el ámbito poético, gran parte de las tendencias actuales participan y hacen suyos los preceptos de la CT, eso sí, apareciendo, cómo si no, vestidas de soviet y entonando los acordes de La Internacional, con declaraciones de sus miembros afirmándose como lectores, e incluso estudiosos, de Marx, de Engels, de Althusser, de Adorno o de Foucault. Sin embargo, nada más allá de la realidad, en una sociedad tan ausente de este tipo de lecturas contrarias a la CT “no hace falta leer a Marx, ni entenderlo, ni practicarlo, para ser marxista. Basta con proclamarse poeta comprometido (sic marxista) para serlo” (Jiménez Hefferman, 2006: 146). Y es que esa misma carencia social provoca que con tan solo decir hoz, paria o martillo se desate el temor a la bestia comunista. Vivimos en un tiempo y una sociedad en la que decir “Un fantasma recorre Europa” nos lleva a pensar antes en Cuarto Milenio que en el Manifiesto del Partido Comunista.

La plasmación en poesía de esta realidad social ha llevado a la creación de una poesía donde el lector, en vez de ser cuestionado, se reconoce, por lo que es menos conflictiva (Talens, 2005: 145) y, por lo tanto, más fácil de vender en un mundo que detesta la autocrítica. Así, estas corrientes se hacen partícipes de la retórica del poder: Felipe González se declaró admirador de la obra poética de Luis García Montero mientras que José María Aznar afirmaba que era su lectura de cabecera. Lógicamente, se produce una perfecta adaptación a las estructuras de mercado: el lector ha pasado en algún momento de su vida por esas mismas experiencias que se narran, sí, se narran, en los poemas, y que, sin embargo, no son tratadas con una mirada crítica:

Merece la pena
(Un jueves telefónico)
Luis García Montero

                                              Trirt el qui mai no ha perdut
                                                          per amor una casa
                                                              Joan Margarit

Sobre las diez te llamo
para decir que tengo diez llamadas,
otra reunión, seis cartas,
una mañana espesa, varias citas
y nostalgia de ti.

Sobre las doce y media
llamas para contarme tus llamadas,
cómo va tu trabajo,
me explicas por encima los negocios
que llevas en común con tu ex-marido,
debes sin más remedio hacer la compra
y me echas de menos.
El teléfono quiere espuma de cerveza,
aunque no, la mañana no es hermosa ni rubia. Sobre las cuatro y media
comunica tu siesta. Me llamas a las seis para decirme
que sales disparada,
que se queda tu hijo en casa de un amigo,
que te aburre esta vida, pero a las siete debes
estar en no sé dónde,
y a las ocho te esperan
en la presentación de no sé quién
y luego sufres restaurante y copas
con algunos amigos.
Si no se te hace tarde
me llamarás a casa cuando llegues.

Y no se te hace tarde.
Sobre las dos y media te aseguro
que no me has despertado.
El teléfono busca ventanas encendidas
en las calles desiertas
y me alegra escuchar noticias de la noche,
cotilleos del mundo literario,
que se te nota lo feliz que eres,
que no haces otra cosa que hablar mucho de mí
con todos los que hablas.

Nada sabe de amor quien no ha perdido
por amor una casa, una hija tal vez
y más de medio sueldo,
empeñado en el arte de ser feliz y justo,
al otro lado de tu voz,
al sur de las fronteras telefónicas.

Pero no solo de Luis García Montero vive la poesía, que parece que solo existe su figura. Son muchos los poetas que se han acogido su ideología literaria. Aquí dos ejemplos, el primero del valenciano Carlos Marzal y el segundo del madrileño Benjamín Prado:

El jugador
Carlos Marzal

Habitaba un infierno íntimo y clausurado,
sin por ello dar muestras de enojo o contrición.
En el club le envidiaban el temple de sus nervios
y el supuesto calor de una hermosa muchacha
cariñosa en exceso para ser su sobrina.
Nunca le vi aplaudir carambolas ajenas
ni prestar atención al halago del público.
No se le conocía un oficio habitual,
y a veces lo supuse viviendo en los billares,
como una pieza más imprescindible al juego.
Le oí decir hastiado un día a la muchacha:
Sufría en ocasiones, cuando el juego importaba.
Ahora no importa el juego. Tampoco el sufrimiento.
Pero siento nostalgia de mi antigua desdicha.
Al verlo recortado contra la oscuridad,
en mangas de camisa, sosteniendo su taco,
lo creí en ocasiones cifra de cualquier vida.
Hoy rechazo, por falsa, la clara asociación:
no siempre la existencia es noble como el juego,
y hay siempre jugadores más nobles que la vida.
Noche nupcial
Benjamín Prado


Este mundo con trenes que, al alejarse, dejan
como un escalofrío recorriendo el paisaje.
Este mundo con hadas y unicornios
que gobiernan mi piel y viven en tus manos.

El mundo que no existe.

Hoy duermes junto a mí y brillas en la noche,
estatua blanca en el jardín de un sueño.

Mañana no estarás o serás otra.
Mañana, cuando mates ángeles y sirenas.
Mañana, cuando quemes nuestros bosques.

Yo me esconderé en ti como un centauro herido:
El último centauro, el que recuerda
su mundo azul desde una gruta oscura.

Quién será esta mujer a quien hoy doy mi vida.
Enrique Falcón

Sobre ellos alumbra la luz de la institución. Son las notas del pentagrama de la CT. Fuera de ellos tan solo existe un vacío para el ojo inexperto, un completo desierto donde de vez en cuando un cactus, incomprensiblemente punzante, nace. Pero no hay que olvidar una cosa: muchas veces los cactus contienen reservas de agua en su interior. Sin embargo, son molestos para la CT, porque pueden pinchar los globos, y sin globos no hay fiesta.

Estos cactus escriben diferente, su voluntad es traspasar la retórica del poder, de la CT. Salirse del pentagrama para cuestionarlo desde esa perspectiva que solo puede adquirirse fuera de él. Ante el acrítico panorama poético dominante se establecen otras propuestas que tratan de transgredir ese modelo desde dos puntos de vista diferentes que siempre van a cuestionar, de una forma u otra, al lector. En primer lugar, a través de un lenguaje volcado sobre sí mismo, ubicado en el límite de la representación. La voluntad no es oscurecer el lenguaje por el mero hecho de oscurecerlo, ni alejarse de las problemáticas sociales, sino conjugar estas con los problemas del lenguaje como elemento representativo, de forma que sea posible ver la realidad desde prismas diferentes que la muestren de una manera mucho menos ordenada de lo que tratan de vendernos. Porque el lenguaje es lo que nos hace humanos y con diferentes lenguajes podemos ver el mundo de maneras diferentes. Cabe aquí el archicitado ejemplo de los pueblos esquimales de Canadá, quienes distinguen a través del lenguaje diez tipos diferentes de blancos. ¿Acaso tienen la capacidad visual más desarrollada? No, sin duda no estamos jugando en el terreno fisiológico, sino en un espacio psicológico, de percepción del mundo que nos rodea. Como ejemplo de estas poéticas que podemos llamar de la subversión lingüística podemos citar a Enrique Falcón (reproducimos en inicio de La marcha de 150.000.000):

1/I
Enrique Falcón

Porque nada sé de ti		
	que no sea el paso de los bueyes por el rostro		

	no		
	de ti porque frente eres		
	alta de piedra y cordillera en lucha		
	empinándote con venas sobre todas estas marchas		
	gimiendo tú de fugas y estaciones secas en la cárcel		

	por		
	eso digo		
	que nada es tuyo y que dibuja		
	mi palabra nevados por la sangre		
	       que la hambruna habría de robarnos		
	(así los muertos) pájaros heridos y asco de montañas aullándote los ojos-		
	bien-		
	aventuradas estas manos es-		
	tas clavículas en paso incierto por las lomas		
	       dolorosas de mi cuerpo blanco,		
	porque sé que no eres cáncer		
	ni hierba triste torciéndote los hombros		

	Como un músculo mordido,		
	como un cuenco de salitre		
	vi tu huída de las chozas, tu muerte en matemática		
	oleada de sogas y puñales,		
	la mordaza de la hoja tras el ruido,		
	no yo,		
	antes que cayeran las sonajas de la noche.		
	       (Porque nada sé de ti,		
	para dejarme matar		
	he de dejar de mirarte):		
	Del		
	desastre entre nosotros, un hombre que escapa		
	un hombre		
	perdido de orinas, nuevamente como ciervos		
	mojándose de luto,		
	un hombre entre los dedos, una rabia		
	de arena a las bocas de la muerte,		
	(...porque sé que desconoces...)		
	la costa entre el infierno en los Estados de Sitio,		
	y el olor del amoniaco y el éter desgarrándote el espanto		
	allí donde los valles		
	y una siembra de mercurio te concentra,		
	porque nada sé de ti		
	que no sean tus muslos hablándome tan altos...		
	que la agitación		
	larga de las luces		
	-escarcha y baba de volcanes son mi rostro-		
	rechine tras la edad de los dioses absurdos		
	y al final se desentierren 20.000 flores negras		
	(«...que cien escuelas rivalicen...»)		
	20.000 espaldas con capuchas y electrodos:		
	una líquida mención		
	a reclusiones bajo régimen de aislamiento		
	       ... Sin ropa apenas		
	       acribillado de estrellas nueve veces,		
	       emboscado tras el miedo		
	       y el pulmón peleando por una nueva barricada boreal...		

	Porque nada sé de ti		
	ni el lugar donde te entierran látigo-de-barro,		
	que la tierra es de los pobres, cer-		
	vatillo de estaños tu mejilla y plática del tigre		
	Por eso las nieves se deslizan de tus ojos		
	parecida tú a ti cuando hablas		
	(frío adentro) y revives la revuelta		
	de los puños en Mayo		
	y el reparto de la tierra y la		
	necesaria expropiación del pan, o su conquista,		
	       porque el propio jirón del vuelo ha predicado tu nombre en las matanzas		
	       porque dices arrasal de arena entre las calles		
	       porque tú, parecida a ti,		
	nada eres sino cuerpo en horizonte		
	       y recodo de savia y bilis ansiosa de metal		
	(ansia tú, toda prodigio		
	hondo de la boca):		

	...”destruidnos juntos”.
Isabel Pérez Montalbán

En segundo lugar, en el extremo contrario nos encontramos con poéticas que llevan al límite los presupuestos básicos de aquellas tendencias subordinadas a la CT. En este caso el lenguaje muestra su máxima claridad; el hecho representado se desnuda ante el lector de forma que este se siente atacado directamente por él, puesto en jaque ante unas situaciones que molestan porque su resolución pasa por la autocrítica. Claros ejemplos son los que citamos posteriormente: Isabel Pérez Montalbán y Roger Wolfe:

CLASES SOCIALES
Isabel Pérez Montalbán

                    Los pobres son príncipes que tienen
                    que reconquistar su reino.
		Agustín Díaz-Yanes

		Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto


Con seis años, mi padre trabajaba
de primavera a primavera.
De sol a sol cuidaba de animales.
El capataz lo ataba de una cuerda
para que no se perdiera en las zanjas,
en las ramas de olivo, en los arroyos,
en la escarcha invernal de los barrancos.
Y cuando oscurecía, sin esfuerzo,
tiraba de él, lo regresaba níveo,
amoratado, con temblores
y ampollas en las manos,
y alguna enredadera de abandono
en las paredes quebradizas
de sus pulmones rosas
y su pequeño corazón.

En sus últimos años volvía a ser un niño:
se acordaba del frío proletario,
(porque era ya substancia de sus huesos),
del aroma de salvia, del primer cine mudo
y del pan con aceite que le daban al ángelus,
en la hora de las falsas proteínas.

Pero su señorito, que era bueno,
con sus botas de piel y sus guantes de lluvia,
una vez lo llevó, en coche de caballos,
al médico. Le falla la memoria
del viaje: lo sacaron del cortijo sin pulso,
tenía más de cuarenta de fiebre
y había estado a punto de morirse,
con seis años, mi padre, de aquella pulmonía.
Con seis años, mi padre.
Democracia
Roger Wolfe

Otra maldita tarde
de domingo, una de esas
tardes que algún día escogeré
para colgarme
del último clavo ardiendo
de mi angustia.
En la calle
familias con niños,
padres y madres
sonrosadamente satisfechos
de su recién cumplido
deber electoral;
gente encorvada sobre radios
que escupen datos, porcentajes
en los bancos.
Corderos de camino al matadero
dándole a escoger el arma
al matarife.

Fuera de los tibios y acríticos pentagramas que la CT tiene establecidos en esta España postransicional hay propuestas que aprenden a vivir en esa oscuridad, a crear a partir de ella. El mundo de luces que la dialéctica del poder nos vende está cegando nuestros espíritus críticos con un exceso de luminosidad que hace cada vez menos posible mantener poéticas, formas de arte en general, fuera de esos espacios, fuera de la CT, porque la ceguera del mundo es tan grande que la gran mayoría de la sociedad es incapaz de transitar esas sendas. Estas propuestas persiguen subvertir el lenguaje de los estratos dominantes para conseguir provocar en los lectores nuevas impresiones que hagan variar la visión del mundo de cada uno de los individuos que a ellas se acercan. Su validez es indudable, ¿de dónde si no esa voluntad de apartarlas de las estrategias de mercado con las que nos bombardean día y noche?

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