Capítulo III: Boscán y Garcilaso.

Juan Boscán y Garcilaso de la Vega fueron dos poetas españoles del Renacimiento que revolucionaron la poesía castellana al introducir la métrica y el estilo italianos.

Juan Boscán, nacido en Barcelona en 1487, fue un noble, soldado, traductor y humanista que aprendió el griego y el latín con el italiano Lucio Marineo Sículo. Sirvió en la corte de los Reyes Católicos, de Carlos V y del duque de Alba. Fue el primero en escribir sonetos, tercetos y octavas reales en castellano, siguiendo el modelo de Petrarca y otros poetas italianos. Tradujo al español El Cortesano de Baltasar de Castiglione. Fue amigo íntimo de Garcilaso de la Vega, a quien dedicó un soneto tras su muerte. Publicó sus obras póstumamente junto con las de Garcilaso en 1543.

Garcilaso de la Vega, nacido en Toledo en 1501, fue un caballero, diplomático, militar y poeta que participó en varias campañas militares en Italia, Francia y Túnez. Se enamoró de Isabel Freyre, una dama portuguesa de la corte de Catalina de Austria, pero no pudo casarse con ella por razones políticas. Su amor frustrado inspiró muchos de sus poemas, que expresan una delicada sensibilidad y un profundo sentimiento. Escribió églogas, elegías, canciones y sonetos en castellano, siguiendo el ejemplo de Boscán y los poetas italianos. También compuso algunas obras en latín e italiano. Es considerado uno de los mayores poetas líricos de la literatura española.

Juan Boscán y Garcilaso de la Vega fueron más que amigos. Los unía el mismo fervor por la poesía, el mismo servicio al rey y la misma curiosidad por la cultura italiana. Se encontraron en la corte de Carlos V, donde compartieron aventuras como soldados y diplomáticos. Se reconocieron como poetas y se inspiraron en sus obras, trayendo juntos el estilo renacentista a la lengua castellana. Se comunicaron por cartas, sonetos y dedicatorias, demostrando su cariño y su admiración. Cuando Garcilaso falleció en 1536, Boscán le escribió un soneto desgarrador, donde manifestó su pena y su anhelo de volver a verlo en el cielo. Boscán también se ocupó de editar las obras de Garcilaso junto con las suyas propias en 1543, revelando al mundo su talento poético. Su amistad es un modelo de cómo dos personas pueden conectarse por el amor al arte y a la patria.

Soneto CXXIX

Garcilaso, que al bien siempre aspiraste
y siempre con tal fuerza le seguiste,
que a pocos pasos que tras él corriste,
en todo enteramente le alcanzaste,

dime: ¿por qué tras ti no me llevaste
cuando de esta mortal tierra partiste?,
¿por qué, al subir a lo alto que subiste,
acá en esta bajeza me dejaste?

Bien pienso yo que, si poder tuvieras
de mudar algo lo que está ordenado,
en tal caso de mí no te olvidaras:

que o quisieras honrarme con tu lado
o a lo menos de mí te despidieras;
o, si esto no, después por mí tornaras.

Los poemas de ambos amigos estaban dispersos en varias recopilaciones con escaso criterio y poca confianza de verosimilitud, así que, antes de morir en 1542, Juan Boscán le encargó a su esposa, Ana Girón de Rebolledo, que editara sus obras junto con las de su amigo Garcilaso, que había muerto en 1536. Boscán ya había recogido y corregido los poemas de Garcilaso, que circulaban, como ya he mencionado, por copias manuscritas entre sus seguidores. Boscán también había redactado un prólogo en el que contaba su intención de traer la poesía italiana a España y alababa la obra de Garcilaso. Ana Girón de Rebolledo se dirigió al impresor barcelonés Carlos Amorós, que era amigo de la familia Boscán y tenía experiencia en la impresión de libros de poesía. Amorós aceptó el trabajo y se encargó de hacer la edición, que se imprimió el 20 de marzo de 1543 con el título Las obras de Boscán y algunas de Garcilasso de la Vega repartidas en quatro libros: el primero con las obras en verso castellano de Boscán; el segundo, con las obras en verso italiano de Boscán; el tercero, con las obras en verso castellano de Garcilaso; y el cuarto, con las obras en verso latino e italiano de Garcilaso. La edición llevaba también una portada con las marcas del impresor y un colofón con la fecha y el lugar de impresión. Fue un éxito y se vendió pronto. Se hicieron varias reediciones y se extendió por toda España y Europa. Esta edición fue muy relevante para la historia de la literatura española, ya que mostró al público la obra de dos poetas que transformaron la poesía castellana con su estilo elegante, refinado y armonioso, inspirado en los modelos clásicos e italianos y también marcó a otros poetas posteriores, como Fernando de Herrera, Luis de Góngora o Francisco de Quevedo, que admiraron y siguieron el ejemplo de Boscán y Garcilaso.

Boscán se animó a escribir sonetos después de tratar con el embajador veneciano Andrea Navagero, quien le incitó a probar los versos italianos. Aceptó el desafío y se dedicó a experimentar con el endecasílabo y el soneto, adaptándolos al castellano con gran maestría y elegancia. Compuso unos 70 sonetos, en los que abordó temas como el amor, la naturaleza, la amistad, la muerte o la poesía, los cuales se distinguen por su sencillez, su claridad y su armonía. Boscán influyó en su amigo Garcilaso de la Vega, quien también se inició en el soneto gracias a él y escribió unos 40 sonetos, en los que trató temas como el amor, la naturaleza, la amistad, la muerte o la poesía. Sus sonetos se caracterizan por su sencillez, claridad y armonía. Garcilaso se inspiró en su amor platónico por Isabel Freyre, una dama portuguesa de la corte de Catalina de Austria, a quien dedicó muchos de sus poemas.

En conclusión, se puede decir que Boscán y Garcilaso fueron dos poetas que compartieron una misma visión poética, basada en el estilo italiano, pero que supieron darle un toque personal y distintivo. Boscán fue más sobrio y racional, mientras que Garcilaso fue más emotivo e imaginativo. Ambos renovaron la poesía española del siglo XVI, creando una escuela poética conocida como la lírica renacentista o italiana.

Algunos sonetos de Boscán:

Soneto CVIII

Como el triste que a muerte está juzgado,
y de esto es sabidor de cierta ciencia,
y la traga y la toma en paciencia,
poniéndose al morir determinado.

Tras esto dícenle que es perdonado,
y estando así se halla en su presencia
el fuerte secutor de la sentencia
con ánimo y cuchillo aparejado:

así yo, condenado a mi tormento,
de tenelle tragado no me duelo,
pero, después, si el falso pensamiento

me da seguridad de algún consuelo,
volviendo el mal, mi triste sentimiento
queda envuelto en su sangre por el suelo.
Soneto LXXIV

¡Oh dulces prendas, por mi mal halladas,
dulces y alegres cuando Dios quería!
Juntas estáis en la memoria mía,
y con ello en mi muerte conjuradas.

¿Quién me dijera, cuando en las pasadas
horas en tanto bien por vos me vía,
que me habíades de ser en algún día
con tan grave dolor representadas?

Pues en un hora junto me llevastes
todo el bien que por términos no distes,
llevadme junto al mal que me dejastes.

Si no, sospecharé que me pusistes
en tantos bienes, porque deseastes
verme morir entre memorias tristes.
Soneto LXXXII

Cargado voy de mí doquier que ando,
y cuerpo y alma, todo me es pesado;
sin causa vivo, pues que estó apartado
de do el vivir su causa iba ganando.

Mi seso está sus obras desechando;
no me queda otra renta, ni otro estado,
sino pasar pensando en lo pasado,
y cayo bien en lo que voy pensando.

Tanto es el mal, que mi corazón siente
que sola la memoria de un momento
viene a ser para mí crudo accidente.

¿Cómo puede vivir mi pensamiento
si el pasado placer y el mal presente
tienen siempre ocupado el sentimiento?
Soneto XXIX

Nunca de amor estuve tan contento,
que en su loor mis versos ocupase:
ni a nadie consejé que se engañase
buscando en el amor contentamiento.

Esto siempre juzgó mi entendimiento,
que deste mal todo hombre se guardase;
y así porque esta ley se conservase,
holgué de ser a todos escarmiento.

¡Oh! vosotros que andáis tras mis escritos,
gustando de leer tormentos tristes,
según que por amar son infinitos;

mis versos son deciros: «¡Oh! benditos
los que de Dios tan gran merced hubistes,
que del poder de amor fuésedes quitos».

Sonetos de Garcilaso de la Vega

Soneto V
 
Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribisteis, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo en esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto;
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero.

Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.
Soneto XIII
 
A Dafne ya los brazos le crecían,
y en luengos ramos vueltos se mostraba;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que el oro escurecían.

De áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros, que aún bullendo estaban:
los blancos pies en tierra se hincaban,
y en torcidas raíces se volvían.

Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol que con lágrimas regaba.

¡Oh miserable estado! ¡oh mal tamaño!
¡Que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón porque lloraba!
Soneto IX
 
Señora mía, si yo de vos ausente
en esta vida duro y no me muero,
paréceme que ofendo a lo que os quiero,
y al bien de que gozaba en ser presente;

tras éste luego siento otro accidente,
que es ver que si de vida desespero,
yo pierdo cuanto bien bien de vos espero;
y así ando en lo que siento diferente.

En esta diferencia mis sentidos
están, en vuestra ausencia y en porfía,
no sé ya que hacerme en tal tamaño.

Nunca entre sí los veo sino reñidos;
de tal arte pelean noche y día,
que sólo se conciertan en mi daño.
Soneto VII
 
No pierda más quien ha tanto perdido,
bástate, amor, lo que ha por mí pasado;
válgame agora jamás haber probado
a defenderme de lo que has querido.

Tu templo y sus paredes he vestido
de mis mojadas ropas y adornado,
como acontece a quien ha ya escapado
libre de la tormenta en que se vido.

Yo había jurado nunca más meterme,
a poder mío y mi consentimiento,
en otro tal peligro, como vano.

Mas del que viene no podré valerme;
y en esto no voy contra el juramento;
que ni es como los otros ni en mi mano.
Soneto XIV
 
Como la tierna madre, que el doliente
hijo le está con lágrimas pidiendo
alguna cosa, de la cual comiendo
sabe que ha de doblarse el mal que siente,

y aquel piadoso amor no le consiente
que considere el daño que haciendo
lo que le pide hace, va corriendo,
aplaca el llanto y dobla el accidente,

así a mi enfermo y loco pensamiento
que en su daño os me pide, yo querría
quitalle este mortal mantenimiento.

Mas pídemelo y llora cada día
tanto, que cuanto quiere le consiento,
olvidando su suerte y aun la mía.

Pero, seguramente, el soneto más conocido de Garcilaso de la Vega es probablemente el Soneto XXIII, donde expresa su amor por Isabel Freyre y en el que describe la belleza de la mujer comparándola con una rosa y una azucena y advierte que el tiempo la marchitará. El poema tiene influencia italiana, especialmente de Petrarca, aunque refleja con toda claridad el Carpe diem de Horacio. Este poema se escribió después de 1532.

En tanto que de rosa y de azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
con clara luz la tempestad serena;

y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:

coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre.

Marchitará la rosa el viento helado,
todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.
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