Dante Alighieri

Dante falleció el 14 de septiembre de 1321 en Ravena, Italia, habiendo nacido a finales del mes de mayo de 1265 en Florencia. Era hijo de un noble y recibió una educación esmerada desde temprana edad, la cual incluía su paso por el ejército, luchando en la batalla de Campaldino. Dante tuvo un gran amor mundialmente famoso: Beatriz, posiblemente Beatriz Portinari, a quien conoció cuando todavía eran unos niños y a la que Dante adoraba, por lo que no es de extrañar que fuese la inspiración de su obra universal, “La Divina Comedia”. Cada uno contrajo matrimonio con otra persona, pero Dante siempre la siguió amando, hasta el punto de dedicarle a su muerte un memorial titulado “La Vita Nuova”. El matrimonio de Dante, como la de todos los jóvenes nobles de aquellos tiempos, fue un arreglo entre familias, así que fue casado, en 1291, con Gemma Donati, perteneciente a otra familia noble. Dante tuvo que huir de su ciudad natal y buscar la protección de Guido da Polenta en Ravena, exilio durante el que escribió su gran obra, “La Divina Comedia”, en la que aparecen sus reflexiones sobre política, historia, mitología, y los líderes políticos y religiosos de la época, de la literatura, del pasado y del presente de la vida de Dante, incluida su amada Beatriz. La obra no fue escrita en latín, como era la costumbre del momento, sino en italiano, y la concluyó poco antes de su muerte, escribiendo con la amargura del exiliado en la portada: “Soy un florentino de nacimiento, pero no de manera”.

LA DIVINA COMEDIA
EL INFIERNO CANTO III – (FRAGMENTO)


… Por mi se llega a la ciudad doliente.
Por mi se avanza hacia la eterna pena.
Por mi se va tras la perdida gente.
Dios al pecado señalo condena

y surgí entonces cual suprema alianza
del poder sumo y la justicia plena.
Y no existiendo en mi fin ni mudanza
nada me precedió sino Dios mismo.

Los que entrasteis perded toda esperanza.
Estas palabras de color oscuro
vi escritas en lo alto de una puerta;
y yo: «Maestro, es grave su sentido.»

Y, cual persona cauta, él me repuso:
«Debes aquí dejar todo recelo;
debes dar muerte aquí a tu cobardía.
Hemos llegado al sitio que te he dicho

en que verás las gentes doloridas,
que perdieron el bien del intelecto.»
Luego tomó mi mano con la suya
con gesto alegre, que me confortó,

y en las cosas secretas me introdujo.
Allí suspiros, llantos y altos ayes
resonaban al aire sin estrellas,
y yo me eché a llorar al escucharlo.

Diversas lenguas, hórridas blasfemias,
palabras de dolor, acentos de ira,
roncos gritos al son de manotazos,
un tumulto formaban, el cual gira

siempre en el aire eternamente oscuro,
como arena al soplar el torbellino.
Con el terror ciñendo mi cabeza
dije: «Maestro, qué es lo que yo escucho,

y quién son éstos que el dolor abate?»
Y él me repuso: «Esta mísera suerte
tienen las tristes almas de esas gentes
que vivieron sin gloria y sin infamia.
Están mezcladas con el coro infame
de ángeles que no se rebelaron,

no por lealtad a Dios, sino a ellos mismos.
Los echa el cielo, porque menos bello
no sea, y el infierno los rechaza,
pues podrían dar gloria a los caídos.» …

Un artículo de Antonio Cruzans

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