Catorce versos IV: El Renacimiento español (Primera parte)

Tras el largo periodo denominado “Edad Media”, los eruditos comenzaron a redescubrir las obras de los antiguos griegos y romanos, que habían estado olvidadas durante siglos, y esas obras les inspiraron a crear nuevas formas de arte, de pensamiento y de expresión. Ellos fueron los humanistas, protagonistas de una de las corrientes culturales y filosóficas más importantes de la historia: el humanismo.

El humanismo surgió en Italia en el siglo XIV y se extendió por toda Europa durante el Renacimiento, entre los siglos XIV y XVI. Fue un movimiento que se caracterizó por poner al ser humano y sus capacidades en el centro de su visión del mundo, frente a la visión teocéntrica de la Edad Media, que se basaba en Dios y la religión.

Los humanistas defendían el valor y la dignidad de la persona humana, así como su potencial para desarrollarse, razonar, crear y encontrar sentido a su vida. Para ellos, el hombre era el dueño de su destino y podía alcanzar la felicidad y la virtud en este mundo, sin renunciar a su fe.

El humanismo se manifestó en diversos campos del saber, como la literatura, la filosofía, la historia, la educación y las artes. Los humanistas se dedicaron al estudio y la interpretación de las obras clásicas, buscando inspiración y conocimiento en ellas. También produjeron obras originales, en las que plasmaron su visión del mundo y del hombre.

Artistas y pensadores como: Dante Alighieri, autor de la Divina Comedia; Francesco Petrarca, que escribió sonetos de amor dedicados a su amada Laura; Giovanni Boccaccio, autor del Decamerón; Erasmo de Rotterdam, el humanista más influyente de Europa, que criticó los abusos de la Iglesia y defendió la tolerancia y el libre pensamiento; Nicolás Maquiavelo, autor de El príncipe, un tratado de política que expone las reglas para gobernar y mantener el poder, basándose en la realidad y no en la moral; Leonardo da Vinci, el genio del Renacimiento, que fue pintor, escultor, arquitecto, ingeniero, científico, inventor y escritor, o Miguel Ángel Buonarroti, otro genio del Renacimiento, que fue pintor, escultor, arquitecto y poeta, hicieron del humanismo una fuente de inspiración y reflexión para muchas personas que compartían una visión del mundo centrada en el ser humano que ha llegado hasta nuestros días.

Curiosamente, España fue uno de los países más importantes del humanismo y del Renacimiento, pues durante los siglos XV y XVI, España vivió un período de gran apogeo cultural y artístico, que se vio favorecido por el intercambio con Italia, el país donde se originó este movimiento.

Las relaciones políticas, bélicas, religiosas y literarias entre Italia y España desde la mitad del siglo XV fueron muy importantes. Por ejemplo, el rey Alfonso V de Aragón conquistó el reino de Nápoles, y el rey Fernando el Católico se casó con Isabel de Castilla, uniendo las dos coronas más poderosas de la Península. Además, muchos españoles viajaron a Italia para estudiar, trabajar o luchar, y trajeron consigo las ideas y los gustos del humanismo y del Renacimiento.

El humanismo en España se caracterizó por valorar el mundo grecolatino y poner al hombre como el centro del universo, pero también por mantener una fuerte identidad nacional y religiosa. Los humanistas españoles se interesaron por la historia, la lengua y la cultura de su país, y también por la reforma de la Iglesia y la evangelización del Nuevo Mundo. Así mismo, el humanismo se manifestó en diversos géneros literarios, como la poesía, la novela, el teatro, la prosa didáctica y la historiografía.

Es importante destacar que, a pesar de las complejidades políticas y religiosas de la época, el humanismo logró mantener su carácter innovador en España. Durante el gobierno de los Reyes Católicos, Antonio de Nebrija publicó la primera Gramática castellana, y el cardenal Gonzalo Jiménez de Cisneros fue un gran mecenas del humanismo. También se fundaron importantes instituciones culturales, como la Universidad de Alcalá y la Biblioteca Real. Por todo ello, aquella fue una época de esplendor cultural y artístico, que dejó un legado impresionante en la literatura y la cultura españolas.

Ante estos ideales, el soneto se convirtió en una composición perfecta para representar los valores que los poetas querían expresar. Como ya dejamos claro en los primeros capítulos, el soneto nació en Italia en el siglo XIII, y se popularizó en toda Europa durante el Renacimiento, entre los siglos XIV y XVI. Los poetas renacentistas se inspiraron en las obras de los poetas italianos, como Petrarca o Dante, que fueron traducidas al castellano y que marcaron un cambio respecto a la poesía anterior, más ligada a la tradición medieval.

El responsable de introducir el soneto en España, como vimos en el capítulo anterior, fue Juan Boscán, un poeta catalán que vivió entre 1490 y 1542. En 1526, tuvo una conversación con el embajador de Venecia, Andrea Navagero, que le animó a probar el soneto y otras formas poéticas italianas en lengua castellana. Boscán aceptó el reto, y empezó a escribir sonetos y otras composiciones, que publicó en 1543, junto con las obras de su amigo y discípulo, Garcilaso de la Vega.

Así, el soneto se convirtió en una de las formas poéticas más emblemáticas y prestigiosas del Renacimiento español, y en un medio para que los poetas expresaran de manera más profunda y personal sus ideas y emociones. El soneto alcanzó su máximo esplendor en España, y dio lugar a obras maestras de la literatura universal.

Durante el Renacimiento español, se emplearon principalmente dos variedades de sonetos:

Soneto Italiano o Petrarchan: Esta forma de soneto, originada en Italia, consta de 14 versos divididos en dos cuartetos y dos tercetos. Los cuartetos suelen seguir un esquema de rima ABBA ABBA, mientras que los tercetos pueden variar, pero a menudo siguen el esquema CDE CDE. Este tipo de soneto fue muy popular durante el Renacimiento y fue empleado por muchos poetas españoles, incluyendo a Garcilaso de la Vega.

Soneto Español: Aunque sigue la estructura básica de 14 versos divididos en dos cuartetos y dos tercetos, el soneto español tiene un esquema de rima distinto al italiano. Los cuartetos suelen seguir un esquema de rima ABBA ABBA, mientras que los tercetos pueden seguir un esquema CDC DCD. Este tipo de soneto también fue muy popular durante el Renacimiento español.

Durante esta época, los sonetos abordaron una variedad de temas, reflejando la diversidad de intereses y preocupaciones de la época. Aquí te presento algunos de los temas más comunes:

El amor fue uno de los más recurrentes en los sonetos del Renacimiento español. Los poetas exploraban diferentes aspectos del amor, como el amor desdichado, el amor no correspondido, el amor eterno, y el amor a Dios.

La naturaleza también fue un tema popular en los sonetos. Los poetas a menudo utilizaban imágenes de la naturaleza para ilustrar sus pensamientos y emociones.

La Vida Cortesana fue otro tema bastante utilizado, donde a menudo exploraban la vida en la corte, incluyendo las intrigas políticas, las relaciones sociales, y las costumbres de la época.

La Contemplación Filosófica fue materia bastante atractiva para que muchos sonetos se centraran en ella. Los poetas utilizaban el soneto como una forma de explorar ideas complejas y reflexionar sobre cuestiones de la vida, la muerte, y el significado de la existencia.

La nómina de poetas que utilizaron el soneto durante el renacimiento es muy amplia, pero en este trabajo solo vamos a explorar las obras de unos cuantos destacados: De Íñigo López de Mendoza Marqués de Santillana, Juan Boscán y Garcilaso de la Vega ya hemos hablado, así que los siguientes serán: Diego Hurtado de Mendoza y Hernando de Acuña, en este capítulo, mientras que en el siguiente hablaremos de Fernando de Herrera, Gutiérrez de Cetina, Barahona de Soto, Baltasar de Alcázar, Aldana, Francisco de la Torre y Francisco de Figueroa.

Diego Hurtado de Mendoza

Diego Hurtado de Mendoza y Pacheco (Granada, 1503 o 1504 – Madrid, 14 de agosto de 1575) fue un hombre de letras y de acción. Nacido en la Alhambra de Granada, donde su padre era el conde de Tendilla y marqués de Mondéjar, se formó en su ciudad natal y en la Universidad de Salamanca. Su talento y su nobleza le abrieron las puertas de la diplomacia, y sirvió como embajador en Inglaterra y en Venecia, donde representó a Carlos I en el Concilio de Trento.

Pero Mendoza no solo fue un hábil negociador y un observador sagaz de la política europea. También fue un escritor de primer orden, que cultivó tanto la sátira como la lírica, y que dejó una huella imborrable en la literatura española. Se le considera el posible autor del Lazarillo de Tormes, la obra que inauguró la novela picaresca. También escribió la Guerra de las Alpujarras, un relato histórico de la rebelión de los moriscos, y varias obras poéticas, entre las que destacan la Fábula del cangrejo, la Epístola a Boscán y la Fábula de Hipómenes y Atalanta.

Mendoza fue un poeta que supo adaptarse a los gustos y las modas de su época, pero también fue capaz de crear su propio estilo y su propia voz. Su poesía abarca una gran variedad de temas y de tonos, desde la burla hasta el elogio, desde el amor hasta la moral, desde la amistad hasta la crítica social.

Una de las formas poéticas que más utilizó fue el soneto, escribiéndolos de todo tipo: serios, burlescos, amorosos, satíricos, etc. Algunos de sus temas recurrentes en ellos fueron:

La sátira: burlándose de los vicios y las hipocresías de su tiempo, y también de los propios poetas que imitaban ciegamente a los italianos. Fue el primero en escribir el llamado “soneto del soneto”, un poema que se mofa de la dificultad de componer un soneto.

Dícenme, Don Jerónimo, que dices, 
que me pones los cuernos con Ginesa; 
yo digo que me pones cama y mesa; 
y en la mesa, capones y perdices. 

Yo hallo que me pones los tapices 
cuando el calor por el octubre cesa; 
por ti mi bolsa, no mi testa, pesa,
 aunque con molde de oro me la rices. 

Este argumento es fuerte y es agudo; 
tú imaginas ponerme cuernos; de obra 
yo, porque lo imaginas, te desnudo. 

Más cuerno es el que paga que el que cobra; 
ergo, aquel que me paga, es el cornudo, 
lo que de mi mujer a mí me sobra.

El amor y el desamor: expresando sus sentimientos amorosos con elegancia y delicadeza, pero también con ironía y desengaño. La mirada y los ojos son elementos clave en su poesía amorosa, que reflejan el deseo y el dolor del amante.

¡Si fuese muerto ya mi pensamiento,
Y pasase mi vida así durmiendo
Sueño de eterno olvido, no sintiendo
Pena ó gloria, descanso ni tormento!

Triste vida es tener el sentimiento
Tal, que huye sentir lo que desea.
Su pensamiento á otros lisonjea;
Yo enemigo de mí siempre lo siento.

Con chismerías de enojo y de cuidado
Me viene, que es peor que cuanto peno;
Si algún placer me trae, con él me va,

Como á madre con hijo regalado,
Que si llorando pide algun veneno,
Tan ciega está de amor, que se le da.

La vida y las experiencias personales: plasmando en sus sonetos sus vivencias como diplomático, viajero, soldado y cortesano. Sus poemas son testimonios de su larga y fructífera vida, y también de su visión del mundo y de la historia.

Amable soledad, muda alegría, 
que ni escarmiento ves, ni ofensas lloras, 
segunda habitación de las auroras; 
de la verdad primera compañía. 

Tarde buscada paz del alma mía, 
que la vana inquietud del mundo ignoras, 
donde no la ambición hurta las horas, 
y entero nace para el hombre el día. 

¡Dichosa tú, que nunca das venganza, 
ni del palacio ves, con propio daño,
la ofendida verdad de la mudanza, 

la sabrosa mentira del engaño, 
la dulce la pesada salud del desengaño!
enfermedad de la esperanza,

Hernando de Acuña

Hernando de Acuña y Zúñiga fue un destacado poeta y militar español que vivió entre 1518 y 1580. Nacido en Valladolid y fallecido en Granada, sirvió fielmente a los reyes Carlos V y Felipe II en diversas campañas por Europa. Su obra poética, inspirada en el estilo petrarquista, abarca sonetos, églogas y elegías, así como traducciones de autores clásicos.

Acuña participó en numerosas batallas y asedios bajo el mando de Carlos V, como los de Alemania, Italia y Flandes. También luchó junto a Felipe II en la famosa batalla de San Quintín, donde resultó herido. Su experiencia militar se refleja en algunos de sus poemas, donde expresa su lealtad al emperador y su visión de la guerra.

Como poeta, Acuña se inscribe en la primera generación de poetas petrarquistas, que imitaron el estilo y los temas del poeta italiano Francesco Petrarca. Cultivó el soneto, la forma poética más popular del Renacimiento, así como la égloga y la elegía, géneros bucólicos y melancólicos. Algunos de sus poemas estaban dedicados al emperador Carlos I de España, a quien admiraba profundamente.

Además de su poesía original, Acuña también realizó traducciones de obras clásicas de grandes escritores latinos e italianos, como Virgilio, Ovidio, Horacio, Séneca, Boccaccio y Olivier de la Marche. Su labor traductora muestra su erudición y su interés por la cultura antigua y renacentista.

Entre las obras más importantes de Hernando de Acuña se encuentran:

Fábula de Narciso: Esta es una traducción en verso de la historia de Narciso, el joven que se enamoró de su propia imagen, extraída de las Metamorfosis de Ovidio. Acuña añade algunos detalles y comentarios propios, y adapta el lenguaje al castellano del siglo XVI.

La contienda de Áyax Telamonio y Ulises: Traducción en verso de un episodio de la Eneida de Virgilio, donde los héroes griegos Áyax y Ulises se disputan las armas de Aquiles. Acuña respeta el argumento y el estilo de Virgilio, pero introduce algunas variaciones y amplificaciones.

Églogas y Elegías: Poemas de carácter pastoril y sentimental, respectivamente. Algunas de estas obras estaban dedicadas al emperador Carlos I de España, a quien elogia y lamenta su abdicación. Otras expresan el amor, el desengaño, la nostalgia y la muerte.

Sonetos: Hernando de Acuña es conocido sobre todo por sus admirables sonetos, que abordan diversos temas, como el amor, la guerra, la filosofía, la naturaleza y la religión. Algunos de los más famosos son:

“Al Rey Nuestro Señor”: Este es uno de los más célebres de Acuña. En él rinde homenaje al emperador Carlos V con el verso “Un monarca, un imperio y una espada”, que resume el ideal político de Carlos I:

Ya se acerca, Señor, o ya es llegada 
la edad gloriosa en que promete el cielo 
un grey y un pastor solo en el suelo
 por suerte a vuestros tiempos reservada; 

ya tan alto principio, en tal jornada, 
os muestra el fin de vuestro santo celo 
y anuncia al mundo, para más consuelo, 
un Monarca, un Imperio y una Espada; 

ya el orbe de la tierra siente en parte 
y espera con toda vuestra monarquía, 
conquistada por vos en justa guerra, 

que, a quien ha dado Cristo su estandarte, 
dará el segundo más dichoso día 
en que, vencido el mar, venza la tierra.

“Soneto sobre la red de amor”: En este soneto, Acuña reflexiona sobre el poder del amor y cómo atrapa a las personas. Usa la metáfora de la red, que se teje con hilos de oro, plata, seda y acero, y que no se puede romper ni evitar.

Dígame quién lo sabe: ¿cómo es hecha
la red de Amor, que tanta gente prende?
¿Y cómo, habiendo tanto que la tiende,
no está del tiempo ya rota o deshecha?

¿Y cómo es hecho el arco que Amor flecha,
pues hierro ni valor se le defiende?
¿Y cómo o dónde halla, o quién le vende,
de plomo, plata y oro tanta flecha?

Y si dicen que es niño, ¿cómo viene
a vencer los gigantes? Y si es ciego,
¿cómo toma al tirar cierta la mira?

Y si, como se escribe, siempre tiene
en una mano el arco, en otra el fuego,
¿cómo tiende la red y cómo tira?

“Demóclito y Heráclito”: Donde presenta un diálogo entre estos dos filósofos, quienes tienen diferentes perspectivas sobre la vida. Demócrito se ríe de la locura del mundo, mientras que Heráclito llora por la miseria humana. Acuña se pregunta quién tiene razón y concluye que ambos son sabios:

De tu tristeza, Heráclito, me espanto,
y de nuevo me admiro cada hora
que, viendo el mundo y lo que pasa ahora,
ya no hayas convertido en risa el llanto.

Yo me admiro, Demócrito, que cuanto
en este triste siglo que empeora
crecen más las miserias de hora en hora,
más crece tu placer tu risa y canto. 

¿Pues quién no reirá si, en paz o en guerra,
el gobierno del mundo y del consejo
es todo desconciertos y locura? 

Lo que a ti te da risa a mí me aterra,
eso me tienen ya doliente y viejo,
y eso me llevará a la sepultura.

“Siendo por Alejandro ya ordenado”: Este soneto habla sobre la astucia y la manipulación en el amor. Se basa en una anécdota histórica, donde Alejandro Magno ordenó a un soldado que se casara con una princesa persa, pero este se negó porque estaba enamorado de otra mujer. Acuña compara al soldado con un pescador que engaña al rey con un cebo falso:

Siendo por Alejandro ya ordenado
que Lausato ciudad se deshiciese,
como venir su buen maestro viese
a suplicar por ella apresurado,

en viéndole, juró determinado
de no le conceder lo que pidiese;
él pidió entonces que la destruyera,
por do el mísero pueblo fue librado.

Así, viendo por vos determinada
mi perdición, señora, conocida,
estilo mudaré por mudar suerte,

pidiéndoos contra la costumbre usada,
o que para morir me deis la vida
o que para vivir me deis la muerte.

“En muy suave aunque en muy gran tormento”: Este soneto expresa el conflicto interno y la pasión del amor. El poeta dice que sufre y goza al mismo tiempo, que vive y muere cada día, que arde y se hiela, que se eleva y se hunde. El amor es un juego de contrastes que lo tiene en un constante vaivén:

En muy suave aunque en muy gran tormento   
 vivo, y arderme siento en dulce fuego,   
 do en vivas llamas hallo un gran sosiego   
 y en extrema pasión contentamiento.   
 
 ¿Con qué manera de agradecimiento  
 pagaré amor que en tal desasosiego,   
 y en le extremo de pasión do llego,   
 me tiene con su causa tan contento?   
 
 Sólo mostrarme puedo agradecido   
 en contentarme ahora y en pesarme  
 que me halla Amor tal pena dilatado;   

 que pues tal ocasión había de darme,   
 con razón llamaré tiempo perdido   
 el que sin padecer se me ha pasado. 
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