Herman Melville

El 1 de agosto de 1819 nació el narrador estadounidense Herman Melville. Hombre preocupado por la realidad del mundo era, sin embargo, una persona bastante inestable a causa de sus luchas internas. Su simbología surgió a partir de hechos visibles y presentes en las experiencias propias, como ballenas, barcos… aunque en continuo antagonismo entre la eternidad y la materialidad. Enfrentado a su tiempo, no consiguió ser feliz ni tener una carrera exitosa, y aunque en 1840 fuera uno de los escritores estadounidenses más conocidos, en el momento de su muerte, solo una nota necrológica se hizo eco de ese suceso, cayendo en el olvido durante muchos años.

Tercero de ocho hermanos, cuatro niños y cuatro niñas, de una familia bastante conocida en los círculos políticos y comerciales de Nueva York y cuyas raíces procedían de los antiguos colonos escoceses y holandeses que tomaron parte activa en la independencia de los Estados Unidos, siendo su abuelo paterno, Thomas Melville, uno de los miembros de la Boston Tea Party en 1773 y el materno, el general Peter Gansevoort, el defensor de Fort Stanwix contra los ingleses.

En su infancia fue un niño dócil y amable, algo lento en el habla y en la comprensión y con la vista debilitada por la escarlatina, lo que no le impidió estudiar en la escuela secundaria de su ciudad natal, al principio, y en Albany, posteriormente, cuando la empresa familiar de importación quebró a la muerte de su padre, lo cual dejó a la familia en una situación económica bastante precaria, por lo que tuvo que dejar los estudios y emplearse en un banco, además de trabajar en la granja de su tío o como profesor, experiencia que no le agradó y de la que no recibió ninguna paga, para poder aportar algunos ingresos al núcleo familiar. Hasta que, en enero de 1841, se embarcó en el ballenero Acushnet, de New Badfors, Massachusetts, en un viaje hacia los mares del Sur.

Melville comenzó a escribir desde muy joven, pero fue a partir de este viaje cuando la escritura pasó a formar parte importante en su vida con su primer libro, Typee (1846), donde relata las aventuras y experiencias vividas en las Islas Marquesas de la actual Polinesia Francesa. Tras apuntarse al motín que se produjo en el barco a causa del retraso en las pagas, acabó en una cárcel tahitiana, de la que escapó al poco tiempo, historia que fue inspiradora de su segundo libro, Omoo (1847) y donde deja patente su decepción ante la corrupción de la administración colonial y misionera que regentaba aquellas islas. Una vez en libertad, fue contratado como arponero por el Charles & Henry durante seis meses, acabando en Hawái, donde se volvió a embarcar, esta vez como marinero en la fragata Unites States, desembarcando definitivamente en Boston en octubre de 1844.

De vuelta al hogar familiar, brillantemente dirigido por su hermano mayor, Gansevoort, quien había conseguido sanear las finanzas y ocupar, él personalmente, un nuevo cargo importante en la política, Herman comenzó a publicar sus cuentos, los cuales provocaron entusiasmo e indignación a partes iguales, pero que no pasaron en nada desapercibidos. Con la muerte prematura de éste, Melville cargó sobre sí la primogenitura de la familia y, poco tiempo después, contrajo matrimonio con la hija del presidente de justicia del estado de Massachusetts, Elizabeth Shaw, e hizo sus primeros intentos de participación en la política sin mucho éxito. Lo que sí llevó a cabo fue la edición de su tercer libro, Mardi (1849), en un tono bastante diferente a sus dos obras anteriores con su mezcla de estilos y una indómita fantasía alegórica, que no obtuvo el éxito esperado, por lo que no tardó en publicar Redburn (1849) y White-Jacket (1850), donde se desplegaba una crítica enérgica a los abusos de la Marina norteamericana y un cuestionamiento melancólico sobre la supuesta bondad humana.

En 1850 se compró una granja a la que llamó “Arrowhead”, donde se dedicó a las labores campestres y a concluir su gran obra, Moby-Dick, publicada en Londres en 1851. En esta obra, sencilla a primera vista, pues simplemente se basa en la obsesiva persecución de una ballena blanca a cargo del Capitán Ahab, Melville va mucho más allá de la descripción del accidentado viaje del “Pequod”, analizando las preocupaciones humanas sobre las derrotas o los triunfos equívocos del espíritu humano y la fusión de sus instintos creativos y asesinos, desnudando la naturaleza humana de los disfraces tradicionales de las falsas éticas y caducas morales.

Melville se fue recluyendo en su mundo, lo que provocó que alguno de sus amigos temiera por su salud mental, sobre todo tras la aparición de Pierre (1852), una obra bastante personal que revela la sombría mitología de su vida privada encarnada en la historia de un artista alejado de la sociedad que rememora la humillación de la pobreza vivida en su juventud, y revela la hipocresía que se escondía tras la fachada de fidelidad y pureza de su padre, o las veleidades sexuales de su madre idolatrada, sin embargo, esta nueva publicación fue un rotundo fracaso que, unido al incendio de su editorial de Nueva York, le volvió a mostrar el horizonte de la ruina. En 1855 publicó Israel Potter, que fue recibida con una modesta aceptación, aunque sus contribuciones mensuales en la revista Putman le mantuvieron con vida como autor reconocido a pesar de su tono pesimista donde se refleja su desesperación y su desprecio por el materialismo y la hipocresía humanas: Bartleby the Scrivener (1853), Las encantadas (1854) o Benito Cereno (1855).

En 1856 viajó por Europa y Oriente medio, escribiendo un diario de esta gira titulado The Confidence-Man (1857) en el que satiriza el sueño mercantilista de América, siendo ésta la última novela publicada en vida. Tras una serie de conferencias por los Estados Unidos, se embarcó por última vez en el clipper Meteor, capitaneado por su hermano Thomas, con el que viajó desde Nueva York hasta San Francisco por la ruta del Cabo de Hornos.

De regreso a su granja, Melville abandonó la prosa por la poesía, aunque este género fuera menos adecuado para mantener a sus cuatro hijos. Al estallar la Guerra de Secesión, se ofreció voluntario a la Marina, pero fue rechazado. Cuando más le acuciaban los problemas económicos, le llegó la herencia de su suegro, a lo que se sumó la venta de la granja, de esta forma, aliviada económicamente, la familia se trasladó de nuevo a Nueva York, donde publicó su primer volumen de poemas, Battle Pieces and Aspects of the War (1866) y poco después, consiguió un trabajo como inspector de aduanas en los muelles de Nueva York.

En 1867, su hijo Malcolm se pegó un tiro accidentalmente, aunque Herman siempre tuvo un cierto sentimiento de culpabilidad por ello al haber discutido con él la noche anterior, y en 1869 falleció su segundo hijo varón a causa de una larga enfermedad. Estos hechos le sumieron en un profundo letargo creativo que no superaría hasta 1888, cuando apareció su segundo volumen de poemas, John Marr and Other Sailors. With Some Sea Pieces. Dos años más tarde publicó Timoleon y concluyó su última novela, Billy Budd, la cual sería editada póstumamente en 1924.

Herman Melville falleció el 28 de septiembre de 1891 en la ciudad de Nueva York.

Seguidamente podéis leer el poema El témpano basado en sus largos viajes:

El témpano (un sueño)

He visto una nave de construcción marcial
(Estandartes enarbolados, temeroso aparejo)
Timonear por mera locura hacia un impasible témpano,
Y luego sin demora, su fatua robustez irse a pique.
El impacto partía bloques enormes de hielo por el aire,
Que iban a dar la cubierta de modo tétrico,
Pues esa sola avalancha fue todo
Para hacer zozobrar la nave de súbito.
 
A lo largo de las espuelas pálidas del hielo
Ni un madero ni una frágil traza de la nave
El imponente prisma de verde hielo no siente el topetazo
Ni un ornamento ni un vestigio queda,
Ni las gotas pendiendo de las grutas se inquietan,
Cuando la nave se va a pique.
Ni siquiera las gaviotas  como una nube rondan
Un pico alejado, ni otras aves que descendían
Ni las playas de cristal, se conmueven.
Tampoco el menor estremecimiento bulle
Como para que bruscas agujas de hielo se levanten
Cuando los mástiles colapsan entre olas
E inconmovible el bloque se mantiene en su sitio.
Ni las focas amodorradas en los resbalosos y brillantes flancos
Resbalaron desde pesadas placas
Disparadas a ambos lados de la nave
La impetuosa nave que en vana resistencia sucumbe.
 
Inquebrantable el témpano parece, tan vasto, tan frío
Su mortal desánimo lo ensombrece;
Y sin embargo le hace exhalar su insano aliento-
Disolviéndose a la deriva y destinado a estar muerto
El témpano, pesado y torpe, que holgazanea y pierde el tiempo
Invade el barco con lamentos y lo hunde
Lo hace resonar en la profundidad abisal
Sin perturbar demasiado el cieno
Y a la viscosa caracola, que se revuelven
Junto a la exánime indiferencia de sus flancos.

Un artículo de Antonio Cruzans

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