Ella Wheeler Wilcox

El 30 de octubre de 2019 se cumplieron cien años de la muerte de Ella Wheeler Wilcox. Nacida en Johnstown Center, Wisconsin, Estados Unidos, procedía de una familia humilde con raíces en Vermont. Aficionada a la lectura desde pequeña, se convirtió en una ávida devoradora de las novelas románticas de Eden Douthworth, Mary Jane Holmes y Oida, encontrando en ellas la inspiración para sus primeros trabajos publicados en el New York Mercury (donde apareció un escrito suyo con tan solo catorce años), en la revista Waverly o en Leslie’s Weekly.

Su primer libro de poemas, Drops of Water, fue publicado en 1872, conteniendo todavía versos de ajustada templanza, a éste le siguió, en 1873, una colección de poemas religiosos y morales titulada Shells y, tres años más tarde, apareció su primer poema narrativo altamente sentimental, Maurine. Pero fue el rechazo con el que fue recibido Poems of Passion, al ser calificados sus poemas como inmorales, lo que le granjeó el éxito del público al ser finalmente editado, vendiendo más de sesenta mil copias en dos años.

Tras su matrimonio con el empresario Robert M. Wilcox, su estilo se moderó un poco, por lo que sus siguientes creaciones estuvieron repletas de tópicos y lugares comunes y fáciles, sin dejar por ello su voz cargada de erotismo, aunque un poco oblicuo, pero sin ser convencional para su época: Hombres, Mujeres y Emociones (1893), Poemas de placer (1888), Poemas de sentimiento (1906), Gemas (1912) o Voces mundiales (1918).

Pero el trabajo de Ella no se limitaba a la poesía, pues también escribió varias novelas como: Mal Moulée (1885), A Double Life (1890), Sweet Danger (1892) o A Woman of the World (1918); también editó dos autobiografías: La historia de una carrera literaria (1905) y Los mundos y yo (1918), así como columnas de opinión y crítica literaria para varios periódicos y revistas, ente ellas Cosmopolitan. A la muerte de su esposo, en 1916, se interesó por el espiritualismo, con tanto interés y dedicación, que aseguraba conectar con su espíritu, el cual le aconsejó que realizara una gira de lectura poética por los campos del ejército aliado en Francia durante la Primera Guerra Mundial en 1918.

El lenguaje del amor.

¿Cómo habla el Amor?
Sobre una mejilla en su tenue rubor,
y en la palidez que le sucede, en aquel
temblor de unos ojos que huyen
—la sonrisa que se convierte en suspiro—
Así habla el Amor.

¿Cómo habla el Amor?
Por la desigualdad de dos corazones que palpitan,
monstruo que en el pulso vibra, inmóvil ante el dolor,
mientras nuevas emociones, como insólitas barcas
que a lo largo de las venas trazan su inquietante curso;
—como el amanecer, con la fuerza súbita del amanecer—
Así habla el Amor.

¿Cómo habla el Amor?
Cuando evitamos aquello que buscamos,
el silencio repentino que nos asalta cuando
contemplamos el ojo que brilla con su lágrima esquiva,
cuando la alegría nos arrebata el corazón del pecho
—conociendo de memoria los nombres divinos—
Así habla el Amor.

¿Cómo habla el Amor?
En el orgulloso espíritu que crece mansamente,
en el corazón altanero creciendo humilde; en la cálida
luz sin nombre que inunda el mundo con su esplendor;
en la semejanza donde los ojos trazan
en todas las cosas justas el rostro amado;
en el tímido roce de las manos que se estremecen,
—en los labios y las miradas que ya no disimulan—
Así habla el Amor.

¿Cómo habla el Amor?
Cuando las palabras pronunciadas parecen tan débiles
que se someten al silencio; en el fuego
que abate las miradas, destellos rápidos y más altos,
como relámpagos que preceden la furia de la tormenta;
en lo profundo: sentimental quietud;
en la cálida marea apasionada que barre las venas
entre las orillas del deleite y el dolor;
en el abrazo que se derrite en la locura del placer,
—en el arrebato convulsivo de un beso—
Así habla el Amor.

Un artículo de Antonio Cruzans

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