Richard Dehmel

Richard Dehmel falleció el 8 de febrero de 1920, en Blankenese, una localidad cercana a Hamburgo, habiendo nacido en Wendisch-Hermsdorf, Brandeburgo, el 16 de noviembre de 1863.

Tras completar sus estudios en Berlín y Leipzig, trabajó como corredor de seguros hasta 1895, en que decidió dedicarse por completo a la literatura. Sus primeros trabajos versaban sobre temas sociales y naturalistas, siendo uno de los primeros poetas alemanes de relevancia que se interesase por la vida miserable de la clase obrera. Sin embargo, al ser ferviente seguidor de Friedrich Nietzsche con su filosofía del individualismo y el ensalzamiento de los instintos y la desinhibición de las pasiones, lo cual entraba en conflicto con su búsqueda de la estética armoniosa y su inclinación al sacrificio por los demás, esto le desarrolló una conciencia atormentada que tuvo incidencia tanto en su vida personal como en su creación artística, caracterizada por una expresión apasionada y vigorosa y una retórica cercana al éxtasis que, en ocasiones, resultaba sensible, y en otras, sensacionalista. Esta controversia vital interior encontró cierta paz en la creencia del poder místico del amor y el sexo, llegando a ver las relaciones sexuales de una pareja como la base del desarrollo completo de la personalidad humana y el camino para alcanzar una vida espiritual superior, como quiso demostrar en su poema épico Dos personas (1903), donde no solamente se puede encontrar pasión, sino también una sorprendente franqueza para la época en que vivía. Muchos de sus poemas han sido musicados por compositores de gran categoría, como Richard Strauss, Arnold Schönberg, Kurt Weill, Anton Webern o Max Reger.

Noche transfigurada

(Noche transfigurada fue utilizado por el compositor Arnold Scönberg para componer un sexteto de cuerdas en un movimiento, en el año 1899, titulado de igual manera).

Dos personas caminan a través de un desnudo bosque frío;
La luna corre sobre ellos, se miran en ella.
La luna corre sobre los altos robles;
ni una nube oscurece la luz del cielo
adonde las negras ramas se extienden.
La voz de una mujer habla:
“Llevo un niño, y no de ti,
camino en pecado junto a ti,
he cometido una gran ofensa contra mí misma.
Yo ya no creía que pudiese ser feliz,
y sin embargo, tenía el fuerte deseo 
del fruto de vida, de la felicidad de ser madre
y del deber, así cometí un descaro,
así, temblando, entregué mi sexo
a los brazos de un hombre extraño,
e incluso quedé embarazada.
Ahora la vida se ha vengado:
Ahora, oh a ti, te he encontrado.”
Ella camina con paso torpe.
Levanta la vista; la luna corre sobre ellos.
Sus ojos oscuros se ahogan en la luz.
La voz de un hombre habla:
“El niño que has recibido,
que no cargue sobre tu alma.
Sólo mira ¡cuán claro brilla el universo!
Hay un resplandor sobre todas las cosas;
tú flotas junto a mí en mar frío,
pero un calor especial parpadea
desde ti hacia mí, desde mí hacia ti.
Eso transfigurará al niño,
a mí, de mí lo hará nacer,
por ti me ha entrado el resplandor,
has hecho un niño de mí mismo.”
Él posa su mano en sus anchas caderas.
Sus alientos se entremezclan en el aire.
Dos personas caminan a través de la alta noche luminosa.

Un artículo de Antonio Cruzans

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