Aquellas pequeñas cosas, de Joan Manuel Serrat.

Joan Manuel Serrat. ¿Quién no conoce a Joan Manuel Serrat? El músico que escribe poemas y canta a los poetas. El poeta que ha trascendido a las modas y el tiempo para mantenerse, reconocido y recordado, en ese limbo donde habitan los artistas eternos. Sus palabras fueron, por igual, perseguidas y alabadas, temidas y amadas, pero supo mantenerse firme en el timón de su barca, como buen marinero que conoce su derrota y no cambia el camino por veleidades,

De ese Joan Manuel Serrat quiero hablar hoy, pero, en especial, de una pequeña parte de su obra, concretamente de una canción del octavo álbum de su producción, aparecido en 1971, cuando éste que esto suscribe todavía tenía el pensamiento de aquellos adolescentes que poseían la esperanza de un mundo mejor, y al cual vino a llamar “Mediterráneo”.

Este disco lo componen diez temas, cuyas partituras, con arreglos de Juan Carlos Calderón, Antoni Ros-Marbá y Gian Piero Reverberi, fueron creaciones de Serrat, autor, así mismo, de casi la totalidad de las letras, menos de una, ya que la canción “Vencidos” es un poema de León Felipe. El álbum “Mediterráneo”, a pesar de la censura franquista, logró permanecer entre los diez más vendidos de España prácticamente durante un año.

En estas diez canciones Serrat expone aquello que le emociona, que le describe, que siente y le da sentido. Con “Mediterráneo”, la canción que da título al álbum, el poeta evoca las raíces que le identifican como ser humano singular y, al mismo tiempo, le conectan a todo un colectivo de hombres y mujeres que, más allá de fronteras, de lenguas o culturas, comparten ese mar que no separa, sino que une:

“Quizá porque mi niñez 
sigue jugando en tu playa
y, escondido tras las cañas,
duerme mi primer amor,
llevo tu luz y tu olor
por donde quiera que vaya.
Y amontonado en tu arena
guardo amor, juegos y penas”.

En cambio, en “La mujer que yo quiero”, es el poeta enamorado quien habla y describe a la persona que le ató “a su yunta”. Un amor antiguo y sabio por una mujer que es verdad y fruta jugosa:

“La mujer que yo quiero no necesita 
bañarse cada noche en agua bendita.
Tiene muchos defectos, dice mi madre,
y demasiados huesos, dice mi padre.

Pero ella es más verdad que el pan y la tierra.
Mi amor es un amor de antes de la guerra
para saberlo…
La mujer que yo quiero no necesita
deshojar cada noche una margarita.”

“Pueblo blanco” refleja la soledad y el abandono de tantos pueblos del ámbito rural, esos lugares apartados e idílicos donde todos querríamos ir para disfrutar de su paz y pureza y de donde todos huimos porque, como acostumbramos a decir: “no hay medios para vivir”, triste eufemismo para no reconocer nuestra falta de imaginación:


“El sacristán ha visto
hacerse viejo al cura,
el cura ha visto al cabo
y el cabo al sacristán,
y mi pueblo después
vio morir a los tres,
y me pregunto: ¿por qué nacerá gente
si nacer o morir es indiferente!”

En “Tío Alberto” el poeta joven admira al vividor maduro, aquel que se ha tomado la vida como un día de fiesta, un hedonista sin compromiso, sin promesas, sin ataduras; con gustos selectos y una filosofía sobre la existencia basada en el placer:

“Gitano o payo pudo ser 
o un aristócrata que ayer
perdió su cetro de oro y su corona.
Camina sobre el bien y el mal
con la cadencia de su vals,
mitad juicio y mitad mueca burlona.”

El síndrome del nido vacío llega con “¿Qué va a ser de ti?” La “nena” se ha ido dejando tan solo “un adiós de papel,” y con ella se fue la “primavera” y se quedaron, junto con la soledad, los recuerdos que duelen y pesan porque ya no se volverán a repetir:

“Hace más de un año ya 
que en casa no está
tu pequeña.
Un lunes de noche la vi salir
con su impermeable amarillo,
sus cosas en un hatillo y
cantando…”quiero ser feliz”…”

“Lucía” es el amor que pudo y no fue. Serrat le escribe una carta repleta de sentimiento y sinceridad que, seguramente, ella jamás recibirá. La amada solo se describe por las emociones que todavía le inspiran:

“Vuela esta canción 
para ti, Lucía,
la más bella historia de amor
que tuve y tendré.

Es una carta de amor
que se lleva el viento
pintado en mi voz
a ninguna pare,
a ningún buzón.”

El joven rebelde, inconformista y ávido de horizontes toma la palabra en “Vagabundear”. Nada le ata en parte alguna, pues todo el planeta es su hogar y, a causa de su hartazgo, de tanta pregunta sin respuesta, decide seguir sus sueños, por muy volátiles y efímeros que parezcan:

“Harto ya de estar harto, ya me cansé 
de preguntar al mundo por qué y por qué.
La rosa de los vientos me ha de ayudar
y desde ahora vais a verme vagabundear
entre el cielo y el mar.
Vagabundear.”

Y en “Barquito de papel” Serrat, conduciendo el vehículo de la nostalgia, se remonta más en el tiempo, hasta su infancia, representada en ese barquito frágil y soñador que pretendía surcar canales, ríos y mares:

“Barquito de papel 
sin nombre, sin patrón y sin bandera,
navegando sin timón,
donde la corriente quiera.

Aventurero audaz,
jinete de papel cuadriculado
que mi mano sin pasado
sentó a lomos de un canal.”

El álbum se cierra con “Vencidos”, una adaptación de un poema de León Felipe, donde, resumiendo la historia del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, el poeta parece querer compartir su fecunda locura y cabalgar junto a él por las inmensas llanuras soportando la amargura en busca de lo genial. El poema comienza con esta estrofa:

“Por la manchega llanura 
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.
Y ahora, ociosa y abollada,
va en el rucio la armadura
y va ocioso el caballero
sin peto y sin espaldar.”

“Aquellas pequeñas cosas” es el segundo tema del álbum “Mediterráneo” y la de más corta duración, tan solo 108 segundos. Grabada por primera vez en 1971, aparecería en sucesivas recopilaciones, tanto de estudio como de directos. Compuesta en versos cortos, sobre todo de cinco sílabas y algunos de cuatro o seis, contiene un mensaje nostálgico de todos aquellos momentos, palabras, roces u objetos que representaron algo importante en un instante de nuestra vida, aquellas pequeñas cosas que, tal vez, entonces no le dimos mucha importancia, pero que ahora las recordamos inmensas y repletas de un valor insospechado. Creemos que el tiempo y la distancia todo lo borra, pero nos equivocamos, pues esas pequeñas cosas supieron cebarnos con su anzuelo y, en un momento determinado, como el pez que se considera libre hasta que el sedal, al que está sujeto, no da más de sí, sentimos el tirón del hilo del pasado. Son esas pequeñas cosas que, sin darnos cuenta, nos han hecho como somos y le han dado sentido a nuestra existencia. Y llegará un memento en que ellas supongan el único tesoro del que echar mano para demostrar que hemos vivido.

“Uno se cree 
que las mató
el tiempo y la ausencia,
pero su tren
vendió boleto
de ida y vuelta.

Son aquellas
pequeñas cosas
que nos dejó
un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.

Como un ladrón
te acechan detrás
de la puerta.
Te tienen tan
a su merced
como hojas muertas

que el viento arrastra
allá o aquí,
que te sonríen tristes y
nos hacen que
lloremos cuando
nadie nos ve.”

Todas las ilustraciones son de Loui Jover

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