Catorce versos XIX: El Barroco Español (Segunda parte): Luis de Góngora y Argote

Luis de Góngora y Argote (1561-1627) es una de las figuras más destacadas de la literatura española del Siglo de Oro, conocido por su estilo innovador y complejo que dio origen al culteranismo, un movimiento poético caracterizado por la ornamentación excesiva, el uso de metáforas elaboradas y una sintaxis latinizante. Nacido en Córdoba en una familia de noble linaje, Góngora estudió en la Universidad de Salamanca y llevó una vida marcada por la corte, el clero y las controversias literarias. Aunque su obra abarca romances, letrillas, poemas mayores como las Soledades y la Fábula de Polifemo y Galatea, son sus sonetos los que mejor encapsulan su maestría en la forma poética breve, donde condensa ideas profundas en catorce versos endecasílabos con rima consonante (generalmente ABBA ABBA CDC DCD o variaciones).

Los sonetos de Góngora, compuestos a lo largo de su vida, reflejan temas como el amor, la fugacidad del tiempo (carpe diem), la belleza efímera, la mitología y la crítica social. Su producción poética se divide en dos etapas: una inicial más clara y conceptista, influida por el petrarquismo, y una posterior culterana, donde prima la oscuridad estilística para deleitar al lector culto.

El soneto encuentra en Góngora una transformación radical. Sus composiciones se distinguen por el culteranismo, que prioriza la forma sobre el contenido, buscando la belleza sensorial a través de recursos retóricos sofisticados.

Góngora emplea un lenguaje ornamental y un vocabulario culto, lleno de helenismos, latinismos y neologismos. Sus metáforas son hiperbólicas y encadenadas, creando imágenes visuales y sensoriales intensas. Por ejemplo, en lugar de describir directamente, usa perífrasis y alusiones mitológicas para elevar lo cotidiano a lo sublime.

La estructura sintáctica es latinizante, con hipérbatos (inversión del orden natural de las palabras) que obligan al lector a una lectura activa y reflexiva. Esto genera una “oscuridad” intencional, criticada por contemporáneos como Quevedo, quien lo acusaba de “cultismo” excesivo, pero alabada por sus defensores como un arte refinado.

Sus temas son recurrentes, aunque predomina el amor cortés, influido por Petrarca, pero con un matiz barroco: la belleza es frágil, el tiempo destructor y la vida un engaño. También hay sonetos satíricos, morales y dedicados a la naturaleza o a figuras históricas. La mitología grecolatina es un recurso constante, simbolizando ideales estéticos.

En cuanto a la métrica y al ritmo, respeta la forma del soneto italiano o español, pero innova en el ritmo mediante aliteraciones, asonancias y encabalgamientos, que aportan musicalidad y fluidez.

Estos rasgos convierten los sonetos de Góngora en un desafío intelectual, destinado a un público erudito, y marcan la transición del Renacimiento al Barroco en la poesía española.

No obstante, el culteranismo ha sido criticado por su elitismo, accesible solo a eruditos, lo que limitó su popularidad inicial. En el contexto actual, con el auge de la poesía experimental, Góngora representa la innovación lingüística contra la simplicidad.

En el capítulo anterior ya incluimos uno de sus sonetos más conocidos: “Mientras por competir con tu cabello”, donde se habla de la fugacidad de la vida”. Por lo que ahora, para ilustrar las características propias de este autor, examinaremos algunos sonetos emblemáticos y representativos de su evolución estilística.

“¡Oh excelso muro, oh torres coronadas!” (1613): Dedicado a la ciudad de Córdoba, este soneto muestra el culteranismo maduro. Góngora personifica la ciudad y usa alusiones mitológicas:

¡Oh excelso muro, oh torres coronadas
De honor, de majestad, de gallardía!
¡Oh gran río, gran rey de Andalucía,
De arenas nobles, ya que no doradas!

¡Oh fértil llano, oh sierras levantadas,
Que privilegia el cielo y dora el día!
¡Oh siempre glorïosa patria mía,
Tanto por plumas cuanto por espadas!

Si entre aquellas rüinas y despojos
Que enriquece Genil y Dauro baña
Tu memoria no fue alimento mío,

Nunca merezcan mis ausentes ojos
Ver tu muro, tus torres y tu río,
Tu llano y sierra, ¡oh patria, oh flor de España!

Aquí, el hipérbaton (“torres coronadas de honor”) y las perífrasis (“gran rey de Andalucía” para el Guadalquivir) crean una imagen grandiosa. El tema es la alabanza patria, pero con un tono nostálgico, reflejando la decadencia del imperio español. La complejidad sintáctica exige múltiples lecturas, ejemplificando cómo Góngora convierte la poesía en un arte elitista.

Góngora también escribió sonetos críticos, como aquellos contra sus rivales literarios. En “Ilustre y hermosísima María”, satiriza la hipocresía cortesana con ironía culterana, usando metáforas para velar la crítica directa.

Ilustre y hermosísima María,
mientras se dejan ver a cualquier hora
en tus mejillas la rosada aurora,
Febo en tus ojos y, en tu frente, el día,

y mientras con gentil descortesía
mueve el viento la hebra voladora
que la Arabia en sus venas atesora
y el rico Tajo en sus arenas cría;

antes que de la edad Febo eclipsado
y el claro día vuelto en noche oscura,
huya la Aurora del mortal nublado;

antes que lo que hoy es rubio tesoro
venza a la blanca nieve su blancura,
goza, goza el color, la luz, el oro.

En este poema, Góngora despliega su maestría estilística y su ironía característica, utilizando el culteranismo como herramienta para velar la crítica social y cortesana. Destaca el empleo de un vocabulario culto y ornamental (“ilustre y hermosísima”), propio de la poesía gongorina. La estructura sintáctica es compleja, con frecuentes hipérbatos (“antes que de la edad Febo eclipsado”), que dificultan la comprensión y obligan a una lectura pausada y reflexiva. Además, las alusiones mitológicas (Febo, el dios Sol, como símbolo del paso del tiempo) y las perífrasis (“rubio tesoro” para referirse al cabello dorado) son representativas del estilo de Góngora, que eleva lo cotidiano a lo sublime.

El tema central es la fugacidad de la belleza y el paso del tiempo, uno de los tópicos barrocos por excelencia. Góngora advierte a la dama sobre la inevitable llegada de la vejez (“antes que de la edad Febo eclipsado”), recurriendo a la metáfora del sol que se oculta y al cabello rubio como “tesoro” que pronto perderá su brillo. A través de una “gentil descortesía”, el poeta mezcla la alabanza con la crítica, mostrando admiración pero también ironía hacia las actitudes y superficialidades de la corte.

El tono es satírico e irónico, aunque revestido de cortesía y elegancia formal. Góngora utiliza el elogio aparente para, en realidad, subrayar la hipocresía y vanidad de la sociedad cortesana. Este procedimiento es característico de sus sonetos más críticos, en los que la crítica directa queda oculta tras un lenguaje elaborado y alusivo.

A don Francisco de Quevedo

Anacreonte español, no hay quien os tope,
que no diga con mucha cortesía,
que ya que vuestros pies son de elegía,
que vuestras suavidades son de arrope.

¿No imitaréis al terenciano Lope,
que al de Beleforonte cada día
sobre zuecos de cómica poesía
se calza espuelas, y le da un galope?

Con cuidado especial vuestros antojos
dicen que quieren traducir al griego,
no habiéndolo mirado vuestros ojos.

Prestádselos un rato a mi ojo ciego,
porque a luz saque ciertos versos flojos,
y entenderéis cualquier greguesco luego.

El poema “A don Francisco de Quevedo” es un soneto en el que Góngora dirige su sátira y crítica hacia uno de sus más célebres rivales literarios, Francisco de Quevedo. El tono es irónico y mordaz, propio de la relación conflictiva que ambos poetas mantuvieron a lo largo de su vida.

Desde el primer verso, Góngora utiliza el apelativo “Anacreonte español”, equiparando a Quevedo con el poeta griego conocido por su poesía lúdica y amorosa, pero también insinuando cierta frivolidad. Este recurso es una mezcla de elogio y burla, pues aunque reconoce el ingenio de Quevedo, lo sitúa en un plano menos serio o trascendente.

El poema está impregnado de referencias literarias y alusiones cultas. En el segundo verso, Góngora menciona a “terenciano Lope”, aludiendo a Lope de Vega y a Terencio, dramaturgo romano, para sugerir que Quevedo podría imitar la versatilidad y el talento de Lope. Sin embargo, esta sugerencia tiene un matiz irónico, pues se plantea como un reto o reproche.

La estructura sintáctica es compleja, con hipérbatos y perífrasis (“vuestros antojos”, “Prestádselos un rato a mi ojo ciego”), lo que dificulta la comprensión directa y exige una lectura atenta. Góngora recurre al culteranismo para velar la crítica: pide a Quevedo que le preste “sus antojos” (gafas o lentes, pero también caprichos), en un juego de palabras que mezcla la literalidad con la ironía. El “ojo ciego” de Góngora puede interpretarse como una referencia a la dificultad de comprender el ingenio de Quevedo o, incluso, como una alusión a la ceguera metafórica de la crítica literaria.

El poema, en su brevedad, condensa la rivalidad entre Góngora y Quevedo, utilizando la sátira elegante y el lenguaje elaborado como armas literarias. El empleo de referencias cultas y juegos de palabras refleja la sofisticación del Barroco y la tendencia gongorina a transformar la poesía en un ejercicio intelectual y elitista. En definitiva, este soneto es un ejemplo paradigmático de la crítica indirecta y del ingenio literario propio del Siglo de Oro español.

A los celos

¡Oh niebla del estado más sereno,
Furia infernal, serpiente mal nacida!
¡Oh ponzoñosa víbora escondida
De verde prado en oloroso seno!

¡Oh entre el néctar de Amor mortal veneno,
Que en vaso de cristal quitas la vida!
¡Oh espada sobre mí de un pelo asida,
De la amorosa espuela duro freno!

¡Oh celo, del favor verdugo eterno!,
Vuélvete al lugar triste donde estabas,
O al reino (si allá cabes) del espanto;

Mas no cabrás allá, que pues ha tanto
Que comes de ti mesmo y no te acabas,
Mayor debes de ser que el mismo infierno.

Este soneto aborda el tema de los celos, personificándolos como una “niebla” que oscurece el estado más sereno, es decir, la calma o felicidad amorosa. El poeta utiliza la metáfora de la niebla para expresar cómo los celos irrumpen en la tranquilidad de los sentimientos, alterando el equilibrio emocional y provocando sufrimiento. Este recurso es característico del estilo barroco, en el que Góngora destaca por su empleo de imágenes sensoriales y un lenguaje elaborado.

El primer verso es paradigmático del culteranismo: el uso de la expresión “estado más sereno” sugiere una situación ideal, pero la irrupción de los celos la transforma en incertidumbre y angustia. Góngora, fiel a su tendencia a la complejidad sintáctica y a la riqueza metafórica, convierte una emoción abstracta en una presencia tangible y perturbadora. De este modo, el poema se inscribe en la tradición del Siglo de Oro, donde las pasiones humanas son motivo constante de reflexión y creación artística.

La estructura del soneto suele desarrollarse con referencias cultas y alusiones mitológicas o literarias, en consonancia con el contexto barroco y la obra del autor. Góngora explora la dualidad de los celos: por un lado, como signo de amor intenso; por otro, como fuente de dolor y desasosiego. La sofisticación formal y el uso de hipérbatos y perífrasis contribuyen a la atmósfera de ambigüedad y tensión emocional.

-¡A la Mamora, militares cruces!
¡Galanes de la Corte, a la Mamora!
Sed capitanes en latín ahora
Los que en romance ha tanto que sois duces.

¡Arma, arma, ensilla, carga! -¿Qué? ¿Arcabuces?
-No, gofo, sino aquesa cantimplora.
Las plumas riza, las espuelas dora.
-¿Ármase España ya contra avestruces?

-Pica, Bufón. ¡Oh tú, mi dulce dueño!
Partiendo me quedé, y quedando paso
A acumularte en Africa despojos.

-¡Oh tú, cualquier que la agua pisas leño!
¡Escuche la vitoria yo, o el fracaso
A la lengua del agua de mis ojos!

El verso “¡A la Mamora, militares cruces!” pertenece a la tradición del soneto barroco y se inserta en el contexto de la poesía de Luis de Góngora. La Mamora era una plaza fuerte situada en la costa norte de África (actual Marruecos), conquistada por los españoles en el siglo XVII, lo cual convierte la referencia en un guiño histórico y militar relevante para la época.

Desde el punto de vista literario, el verso emplea la exclamación como recurso para enfatizar el destino de los “militares cruces”, es decir, las condecoraciones o insignias otorgadas por méritos de guerra. El uso del nombre propio “Mamora” no solo sitúa la acción en un contexto geopolítico concreto, sino que también evoca el afán de gloria y el sacrificio de los soldados españoles, temas recurrentes en la poesía barroca.

El estilo es directo y solemne, en contraste con el tono irónico presente en otros sonetos de Góngora, lo que sugiere una valoración crítica sobre la vanidad o el exceso de militarismo. La mención de las “cruces” puede interpretarse como símbolo tanto de honor como de carga, pues en la cultura española la cruz tiene una doble connotación: recompensa y sufrimiento. Así, el poeta podría estar presentando una reflexión ambivalente sobre la guerra y sus consecuencias, acorde con la sofisticación conceptual del Siglo de Oro.

En relación con el contexto del documento, este verso se inscribe en la tendencia gongorina de emplear referencias cultas y alusiones históricas para enriquecer el significado del poema. La expresión resulta emblemática del Barroco, donde la forma y el contenido se entrelazan para crear una atmósfera de tensión y profundidad intelectual.

En resumen, “¡A la Mamora, militares cruces!” es un verso que conjuga historia, simbolismo y crítica social, reflejando la maestría de Góngora en la creación de imágenes densas y sugerentes. Su inclusión en el soneto refuerza la idea de que la poesía barroca no solo celebra la belleza formal, sino que también invita a la reflexión sobre la realidad política y humana de su tiempo.

Estos ejemplos demuestran cómo Góngora adapta el soneto para explorar tanto lo lírico como lo conceptual, influyendo en el debate entre culteranismo y conceptismo (representado por Quevedo).

La obra de Góngora generó controversia en su época: admirado por poetas como Lope de Vega (quien lo defendió en su Justa poética), pero atacado por Quevedo en poemas como “A una nariz”. Sin embargo, su legado es inmenso. En el siglo XVIII, fue redescubierto por los neoclásicos, y en el XX, la Generación del 27 (Lorca, Alberti) lo reivindicó como precursor del vanguardismo por su experimentación lingüística.

En la literatura universal, Góngora influyó en el barroco latinoamericano (Sor Juana) y en poetas modernos como T.S. Eliot o Pablo Neruda, quienes valoraron su densidad metafórica. Hoy, sus sonetos se estudian como paradigma del Barroco, destacando cómo la forma poética puede trascender el contenido para crear belleza pura. Críticos como Dámaso Alonso, en su Estudios y ensayos gongorinos (1955), analizan su “poesía pura”, libre de sentimentalismo romántico.

Los sonetos de Luis de Góngora y Argote encapsulan la esencia del Barroco español: una celebración de la forma, la belleza efímera y la complejidad intelectual. A través de su culteranismo, transforma el soneto en un vehículo para la experimentación estética, desafiando al lector a desentrañar capas de significado. Su obra no solo refleja las tensiones de su época —decadencia imperial, crisis espiritual— sino que anticipa corrientes modernas. Estudiar sus sonetos invita a apreciar la poesía como arte sensorial e intelectual, recordándonos que, como en sus versos, “todo lo vence Amor, aun el olvido”. En un mundo de comunicación rápida, Góngora nos enseña el valor de la lentitud reflexiva en la literatura.

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