Amado Nervo

Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo (Amado Nervo), nació el 27 de agosto de 1870 en Tepic, México y falleció el 24 de mayo de 1919 en Montevideo, Uruguay. Poeta y diplomático, generalmente considerado como el poeta mexicano más distinguido del Modernismo, por su poesía introspectiva, caracterizada por sentimientos religiosos profundos y formas simples, que refleja su lucha por la autocomprensión y la paz interior en un mundo incierto.

Nervo abandonó sus estudios para el sacerdocio en 1888 para comenzar una carrera como periodista en Mazatlán. En 1894 se mudó a la ciudad de México, donde escribió su primera novela, El bachiller (1895), y su primer volumen de poesía en el lenguaje modernista, Perlas negras (1898). En 1898 fue uno de los fundadores de la Revista Moderna, sucesora de la Revista azul, que pronto se convirtió en una de las más influyentes del modernismo.

Vivió en Madrid desde 1805 a 1918, desempeñando la función de secretario de la legación mexicana en España, pasando una considerable cantidad de tiempo en los círculos literarios de París. Durante ese período escribió la mayoría de los poemas, ensayos y cuentos que se han recopilado en 29 volúmenes. Los títulos de sus obras posteriores: «Serenidad» (1914) y «Plenitud» (1918), reflejan su logro de la paz interior por la cual se había esforzado a lo largo de su vida, alcanzado en cierta medida a través del estudio de la filosofía budista.

Tras su regreso a México en 1918, Nervo fue nombrado ministro de Argentina y Uruguay, sirviendo en Montevideo hasta su muerte.

El primer beso

Yo ya me despedía.... y palpitante 
cerca mi labio de tus labios rojos, 
«Hasta mañana», susurraste; 
yo te miré a los ojos un instante 
y tú cerraste sin pensar los ojos 
y te di el primer beso: alcé la frente 
iluminado por mi dicha cierta. 

Salí a la calle alborozadamente 
mientras tú te asomabas a la puerta 
mirándome encendida y sonriente. 
Volví la cara en dulce arrobamiento, 
y sin dejarte de mirar siquiera, 
salté a un tranvía en raudo movimiento; 
y me quedé mirándote un momento 
y sonriendo con el alma entera, 
y aún más te sonreí... Y en el tranvía 
a un ansioso, sarcástico y curioso, 
que nos miró a los dos con ironía, 
le dije poniéndome dichoso: 
-«Perdóneme, Señor esta alegría.»
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