“Hijos de la bonanza” nos llamaban, de Ben Clark

Un artículo de Raúl Molina.

«Hijos de la bonanza» nos llamaban:
los que no conocieron ni la hambruna
ni las agudas larvas de estridencia
chillando en el oído por las bombas.
Y cuando nuestras piernas tan delgadas
caían y sangraban porque el parque
era de un hormigón armado y frío,
se quedaban callados, observando
nuestro llanto con un gesto de sorna.

Debíamos vivir y dar las gracias
por la ocre rozadura en la garganta
que provocaba el aire al refugiarse.
Agradecer las flechas de las nubes
y que un fango lechoso a nuestros pies
-en un último gesto agonizante-
le mordiera las botas al progreso.
¿Y cómo agradecerles la alegría?
La risa provocada por los hombres
inocentes del mar
cuando se encaminaban hacia el río
dispuestos a bañarse entre excrementos.

También estaba el tedio
de tener que explicarles a los niños
palabras como pueblo indio, oso
pardo, ballena azul o lince ibérico.
Pero esto eran minucias, sacrificios
en nada comparables al sufrido
por aquellos que ahora nos decían
«hijos de nuestra sangre», tan severos.

Aunque, a veces, es cierto, no era fácil,
simplemente intentamos ir viviendo.
Haciendo caso omiso al comezón,
al vacío que moraba en nosotros,
hijos de la bonanza;
los hijos de los hijos de la ira,
herederos de todos los despojos.

Somos Europa y parece que ya nada irá mal. Somos Europa y nos enorgullecemos. España avanza a pasos agigantados: años setenta, ochenta, noventa, dos mil. Es inaudito: nuevos derechos, nuevas libertades, mercado global, democracia, etc. Sobre ruedas. Y entre tanto, nuevas generaciones van naciendo. Hijos de los ochenta y los noventa que cayeron a un mundo en el que todo parecía haber sido ya conquistado. Alguien luchó por nosotros (me incluyo: nací en 1991) y ahora, quizás, había llegado el momento de recrearse en lo alcanzado. Nos tumbamos en los sillones (recién comprados en alguna gran superficie con precios de escándalo), encendimos los televisores (de no sé cuántas pulgadas, por supuesto) y mientras paladeábamos cervezas amargas de importación la vida pasaba, como dijo Sabina, como pasan las cosas que no tienen mucho sentido: “‘Hijos de la bonanza’ nos llamaban: / los que no conocieron ni la hambruna / ni las agudas larvas de estridencia / chillando en el oído por las bombas”.

Ben Clark, nacido en Ibiza en 1984, es uno entre tantos. El Premio Hiperión 2006 y Premio RNE Joven en 2012, lo han confirmado como uno de los poetas de su generación. Su libro, Los hijos de los hijos de la ira, poemario del que he extraído esta composición, mantiene una relación intertextual directa con la obra de Dámaso Alonso Hijos de la ira, de 1944 y una de las cimas de la poesía desarraigada de posguerra. Con él, comparte una visión existencialista de la vida y el desencanto propio de quien no encuentra su lugar en una sociedad que lo maltrata constantemente.

Con una mezcla de nostalgia, duda y desilusión, nos dejamos llevar por el ritmo cadente de unos versos que nos señalan como culpables de la inmanencia: “Y cuando nuestras piernas tan delgadas / caían y sangraban porque el parque / era de un hormigón armado y frío, / se quedaban callados, observando / nuestro llanto con un gesto de sorna”. Ellos, la mirada de la experiencia, los que han luchado; nosotros, los que lloramos por una simple caída. Una delicada recriminación generacional la de Ben Clark en estos versos; una invitación velada a que de una vez por todas nos indignemos.

“Debíamos vivir y dar las gracias / por la ocre rozadura en la garganta / que provocaba el aire al refugiarse”, continúa. El existencialismo, recordemos, es esa vertiente de la filosofía que Sartre (gran ideólogo del Mayo del 68 parisino) resumió en una de esas sentencias para la historia: “Un hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”. Esto es: lo que consigue trascender a partir de lo que otros le ha legado. Nosotros, otra vez, los de la Generación Y, armados de tecnología hasta los dientes parece que tenemos (o debemos) “Agradecer las flechas de las nubes / y que un fango lechoso a nuestros pies / -en un último gesto agonizante-/ le mordiera las botas al progreso”. Y es que el progreso constante, tal y como lo entienden las actuales sociedades capitalistas occidentales, nos ha dado todo, pero también acabará con nosotros en un parricidio de dimensiones bíblicas: al fin y al cabo es imposible un progreso infinito en un mundo de recursos finitos, ¿no? Y sigue, ahora a partir de una cuestión que a todos nos atañe: “¿Y cómo agradecerles la alegría? / La risa provocada por los hombres / inocentes del mar/ cuando se encaminaban hacia el río / dispuestos a bañarse en excrementos”. ¡Ay, engañados! Ignorantes cegados por caminos que llevan a Comala, que es el infierno. Ellos lucharon, sí, pero ¿por qué? ¿hacia dónde? ¿para qué? Divertirse hasta morir, título de un libro de Postman, parece ser el fin último de una existencia como la actual: pasar por este mundo donde la historia ha muerto porque sólo existe el presente: explotamos el planeta para tenerlo todo ya, y nos olvidamos que los que vienen después; no hay utopía, es decir, no existe ningún gran relato hacia el que caminar en el horizonte. Vivimos, somos presente y con eso basta. Al menos en 2006, cuando escribe Ben Clark: las agitaciones políticas de los últimos años a nivel mundial están desenterrando esas viejas ideas del 68. ¿Tarde? El futuro nos dirá.

“También está el tedio / de tener que explicarles a los niños / palabras como pueblo indio, oso / pardo, ballena azul o lince ibérico”: monótono, sí, porque hemos exterminado esos referentes casi por completo y sólo quedan recuerdos: lenguaje. Y entonces el eterno todo tiempo pasado fue mejor: “Pero esto eran minucias, sacrificio / en nada comparables al sufrido / por aquellos que ahora nos decían/ ‘hijos de nuestra sangre’, tan severos”. Difícil hacer frente a tan grandes ídolos de roca. Cuando una sociedad idealiza su pasado se enfrenta a un hoy demasiado desangelado. Ahora bien, reclamemos lo que es nuestro: “Aunque, a veces, es cierto, no era fácil, / simplemente intentamos ir viviendo. / Haciendo caso omiso al comezón, / al vacío que moraba en nosotros, / hijos de la bonanza”. Y es que, pese a haber tenido el plato sobre la mesa, la conexión a la red global al alcance de un click de ratón y un bonito utilitario con el que desplazarnos, estábamos (estamos) vacíos: el ser humano del existencialismo, lanzado al mundo para vivir en un tránsito hacia la muerte, es más de lo que posee. Poseemos mucho hoy en día, sí, pero tenemos los mismos huecos que nuestros antecesores (que no eran propietarios de casi nada) porque hay cuestiones metafísica que trascienden los objetos. No somos albaceas del oro de los tiempos, para nada, no: nosotros, “los hijos de los hijos de la ira, / herederos de todos los despojos”.

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